La película nos narra la historia de dos viajeros americanos, que viajan desde la China hasta Moscú en el transsiberiano, después de haber estado un tiempo haciendo misiones humanitarias. Esta pareja, compuesta por Roy y Jessie (Woody Harrelson y Emily Mortimer), coinciden en su compartimiento con otra pareja. Una pareja curiosa, que desde buen principio se ve que algo esconde. Carlos Ximenez (Eduardo Noriega) y Abby (Kate Mara) son dos jóvenes viajeros que se dedican al “casi legal” tráfico de objetos, como por ejemplo muñecas Matriuskas. Una serie de despropósitos hará que estas dos parejas deban separase. El agente Grinko (Ben Kingsley), que está investigando el asesinato de un narcotraficante, será su nuevo compañero de viaje. Una película donde todos esconden algo y en la que nadie es lo que realmente aparenta ser.
El guión de la película está bien, y daría para hacer una gran película. Hay constantes giros de guión, y unos personajes que dan mucho juego. El problema es que el director no sabe jugar con este guión y a media película ya ha gastado todos los recursos y casi todas las sorpresas. La ambientación del tren está muy conseguida, pero al cabo de poco rato de tener todos los personajes situados ya estaremos cansados del mismo compartimiento y el mismo vagón restaurante. Como ya os he dicho al principio, yo tenía ganas de embarcarme en este tren, y conocer toda la Rusia profunda, pero después de ver al película y analizar este insalubre transporte mis ganas se han esfumado.
El reparto es de verdadero lujo, y sin querer ser subjetivo os diré que Eduardo Noriega raya a un gran nivel. Ben Kingsley nos cuela perfectamente como ruso (aunque me es inevitable seguir viendo a Ghandi cada vez que le miro) y Woody Harrelson nos deja las mejores perlas de la película. En el otro extremo están las dos chicas, muy mal definidas las dos. No llegaremos a identificarnos con ninguna de ella pese a ser las verdaderas protagonistas, incluso nos caerán mal y querremos que la resolución del film sea distinta. Aun así, todo el reparto está muy acertado.
La ambientación, más allá del tren, es muy buena y bonita. Los paisajes de la Rusia Siberiana son verdaderas postales y, si no fuera por el guión, nos entrarían muchas ganas de visitar estas zonas.
Pero volvamos al guión. El desarrollo de la película es lineal, no hay saltos en el tiempo ni elipsis de ningún tipo. Esto nos ayuda a deducir todos los giros de guión, hecho que merma mucho la película. A la media hora de film ya tenemos todas las pistas para adivinar el final, Brad Anderson no se da cuenta de esto, y alarga las cosas mucho más de la cuenta. Tanto que hay momentos en los que nos gustaría poder saltar dentro del film para acelerar el ritmo. La película dura algo menos de dos horas, de las que sobra más de la mitad. El inicio es bueno, igual que todo el tramo final, que depara alguna sorpresa imprevisible. El problema está en toda la parafernalia central, una parafernalia que suena a cansina, repetitiva, y sobretodo, previsible. Una verdadera lástima, pues con este guión la película hubiese podido ser mucho mejor. Por desgracia la cosa no es así, y rápidamente se pierde el interés. Interés que no recobramos hasta el tramo final. Una verdadera pena.
Aun con todo esto no se trata de una película mala. Es una película mediocre, pero en vistas de lo que nos está entregando el cine de este año, podemos considerarla una película buena. De buen seguro que no os defraudará si sabéis tolerar el hecho de que se previsible y que rápidamente pierda el interés. Un película que pasa bastante bien, aunque seguro que cuando salgáis del cien pensaréis que podía haberos dado mucho más.
- Lo mejor: La vistia guiada a través de la Rusia Siberiana y toda su cultura.
- Lo peor: Lo previsible que se vuelve la película tras media hora de metraje.
- Recomendada a: Los viajeros intrépidos que creen que viajar alrededor del mundo a bordo de un tren es la mejor forma de conocer la cultura.

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