Criticas
El Skylab

De tanto unir el cine sobre las familias al disparate cómico o a la disfuncionalidad, parecía que no había otra vía para acercarse a tan universal sujeto coral, o, en todo caso, ésta no era camino interesante a andar por su falta de conflicto y/o -forzado- pintoresquismo. El principal valor de “El Skylab” está en que refuta ese punto de vista.
Y es que, a falta de una mayor profundidad en lo que incumbe a la experiencia individual de su protagonista/álter ego (todo lo relacionado con la niña, la estación espacial del título, y la autoconsciencia de la mortalidad), el film de Julie Delpy se hace fuerte en el espacio común, en escenas como las del vermut, la comida, o la sobremesa, donde consigue captar y representar de forma creíble, armada con la sutileza de los detalles (exceptuando el algo forzado y tartamudo personaje de Valérie Bonneton, al contrario que el, a priori, clicheístico abuelo exrepresaliado del Vietnam y demente, aquí bien inserido) y sin naftalina (gracias a la naturalidad de sus diálogos y a las rotundas por desenfadadas referencias sexuales), la cotidianidad y la ligereza del bienestar de una familia estándar, en la que los primos mayores le tocan las narices a los pequeños, y los hombres juegan partidos de fútbol tras hacer la digestión.
El nervio -no frenético- y la sangre que evitan que la historia caiga en el autoensimismamiento vive su punto álgido y más claro ejemplo en el viaje en coche hasta la playa, donde un fantástico Eric Elmosnino parece improvisar de verdad (y probablemente lo haga!) el cuento que le explica a sus sobrinos, acompañado por comentarios y precisiones irreverentes que ‘escandalizan’ a los adultos presentes.
La cinta, que transcurre en el verano de 1979, es también un sencillo homenaje de la cineasta a sus padres (y, por extensión, al propio ‘séptimo arte’) por descubrirle el cine (ahí todas esas referencias a “El tambor de hojalata”, “Alien: el octavo pasajero”,”Apocalypse now” -todas ellas estrenadas dicho año-, y “Au hasard Balthazar”(1966)), y cuenta con reseñables momentos de perspicacia temporal (las repetidas y normalizadas menciones al comunismo; el adolescente Christian diciendo un ahora alucinante “era un hombre viejo, de unos 40 años”).
En el tramo final, quizá porque de noche siempre sube la fiebre (y Delpy no confíe del todo en el poder de los sencillos matices de su historia), hay un intento de hacer más densa la trama de la cinta alimentando la presencia del lado oscuro familiar, recurriendo, para ello, tanto a la política como sempiterno elemento de discordia como a algunos demonios personales que, por esbozados, no trascienden lo anecdótico, mientras que la introducción y el epílogo contemporáneo es, de largo, lo más flojo de la película por innecesariamente idílico, y, aún peor, contaminar de nostalgia (esa facilona confrontación de lo hostil y lo cálido) lo que, en líneas generales, es un film humilde, tierno, y divertido.
(fuente imagen: Cinéfilos con Z)
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