Criticas

“Margaret” y “Elena”: la revancha de los burgueses

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El reciente estreno veraniego en la cartelera española de las películas “Margaret”, de Kenneth Lonergan, y “Elena”, de Andrey Zvyagintsev, invita a realizar una reseña conjunta de ambas cintas, ya no por los paralelismos que se pueden establecer entre ellas, sino especialmente por su peculiaridad en lo que se refiere a la relación que se da entre el genero fílmico al que pertenecen, y la moralidad que desprenden. Si hasta hoy el denominado ‘cine social’ parecía haber sido el consuelo cinematográfico de la clase obrera, quizá estemos ante una ‘invasión de terreno’ por parte de los burgueses.

Dos films contemporáneos uno del otro -2011- que presentan múltiples símiles, antagonismos, y hasta cierta complementariedad.

Titulados con un nombre de mujer porque, efectivamente, sus historias tienen una protagonista muy principal (Anna Paquin -en la foto- y Nadezhda Markina, respectivamente) que aparece en casi todas las escenas. Sin embargo, la primera es una estudiante adolescente de clase media-alta, mientras la segunda es una cincuentenaria enfermera aún no jubilada pero reconvertida en ama de casa.

Ambas películas tienen un momento clave que marca un antes y un después tanto en sus tramas (que, a su vez, involucran a la clase alta y a la clase baja) como en la actitud de sus personajes principales, pero, mientras en “Margaret” la segunda mitad del film se mantiene en el contexto burgués, en “Elena” pasa a centrarse en el contexto obrero, representando conjuntamente las dos ‘facciones’ de, a nivel general, un choque de clases.

Y, sin duda, el aspecto más potencialmente polémico, y motivo del subtítulo de esta reseña: la visión moral. La clase baja es aquí cobarde y ruin (“Margaret”) o una panda de vagos maleducados e irresponsables, y arribistas sin escrúpulos (“Elena”), mientras los tenaces, apasionados (“Margaret”), independientes, perspicaces, e ilustrados (“Elena”) burgueses se ven derrotados por el desamparo legislativo (!!!).

Tanto Lonergan (de forma más burda, cargando tan exageradamente las tintas sobre el conductor de autobús que parece que haya rodado una sátira) como Zvyagintsev (de forma más sutil, pero también más contagiosa, pesimista, y hasta nihilista -esa tremendista imagen del bebé acompañada por un dramático score de Philip Glass la podría haber firmado Gaspar Noé-, jugando con paisajes postapocalípticos -peleas callejeras en los barrios bajos junto a una central nuclear-, mostrando la procreación como recurso/hábito de los más mediocres, y escenificando la suplantación humana de un mismo escenario como si de una profanación se tratara) parecen querer justificar la desconfianza a ultranza hacia las capas sociales más empobrecidas porque ‘el mundo les ha hecho así’.

Sin embargo, hay otra lectura a hacer sobre ambas propuestas, precisamente por ser negro ante blanco. Como si se tratara de anti-cine social, se enfrentan a cierta visión, cuyo máximo representante es Ken Loach, buenista y un punto hagiográfica de la clase trabajadora, y, en el caso de “Elena”, evita separar según nivel adquisitivo actitudes como la avaricia y la necedad para darle un tratamiento más justo: otra dimensión más del ser humano.

Evidentemente, cada cinta se aguanta (o no) por sus propios méritos, listón en el que sale mejor parada la rusa que la estadounidense.

Ésta última, la película de Lonergan, juega tan bien (la paradoja de que el personaje de Jean Reno trabaje de promotor de un software para mejorar la comunicación digital mientras le cuesta comunicarse de tú a tú; la diferencia, por edad, con que madre e hija afrontan e intentan controlar su malestar interior; que el título no haga referencia al DNI de su protagonista -Lisa-, sino a su proyección exterior; el guiño cinéfilo de que dos alumnos tan díscolos en la historia del cine como Matthew Broderick -”Todo en un día”- y Matt Damon -”El indomable Will Hunting”- sean aquí profesores) como mal (recurrir a escenas de cámara lenta o a la música para enfatizar ciertas respuestas del público; lo poco naturales por excesivamente racionales que son algunos diálogos) con los detalles. “Los adolescentes no están tan lastrados por sus decepciones como los adultos”, utiliza en un debate académico la protagonista como frase para argumentar por qué cree que el país debería estar dirigido por menores de edad, y el film parece cuestionar ‘la ventaja’ de principio a fin con tanta ambigüedad (hasta el desenlace, donde queda alucinantemente claro que el director no es consciente de la exageración de las conclusiones/acusaciones de sus personajes en lo que incumbe al que interpreta Mark Ruffalo) como forzado histerismo -por turnos- se respira en el ambiente.

La visión reaccionaria de Zvyagintsev al menos no es maniquea (tanta servidumbre emocional hay entre Elena y su familia como práctica -parece más bien una sirvienta- entre Elena y su marido), tiene una sencilla clarividencia visual (la influencia de los padres sobre los hijos -el escupitajo a la calle en el bando pobre, la actitud individual e independiente en el rico-; ese cambio de sábanas en el hospital como símbolo del ciclo de la vida, o el abrir las cortinas de la habitación -representación que también encontramos en “The deep blue sea” de Terence Davies- como inicio de una nueva) y mantiene un rigor narrativo a lo largo de todo el film, además de encontrar el tono (a diferencia de en su dicotomía de clases) con el personaje de la hija burguesa, que, socialmente, es el más tratado por los otros como egoísta por no querer formar una familia ni asumir responsabilidades -trabajar para subsistir- en su modus vivendi, y termina siendo el único que puede ir con la cabeza alta. O no esconderla, al menos.

(fuente imagen: Flossieonfilm)

Escrito por Arnau Espinach el 3 agosto, 2012 | ningún comentario
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