Criticas
Moonrise Kingdom

La edad adulta no tiene por qué ser la etapa ‘post mortem’ de la ilusión que se siente hacia las cosas, pero, desde luego, difícilmente se vuelven a vivir experiencias tan intensas como durante la infancia, la pubertad, y la adolescencia. La experiencia es la chupasangre de la sorpresa, y ése ha sido un tema constantemente presente en la filmografía de Wes Anderson. “Moonrise Kingdom” no es la excepción, pero sí otro punto de vista.
Y es que la experiencia también es un grado, y el cineasta estadounidense, ya desde la destacable “Fantástico Sr. Fox”(2009), está abandonando cierta autocomplacencia y focalización en sus filias y ‘peter panes’ confundidos y desorientados para confiar/trabajar más en la dimensión de sus narraciones, y las aristas que pueden aparecer en éstas.
Así, la fuerza de “Moonrise Kingdom” está en que abraza sin temor la aventura juvenil, pero evitando lastres contextuales (bucolismo, nostalgia, predestinos fatales) propios de quien se ha hecho mayor. Los niños no son seres frágiles perpetuamente al borde del desencanto, sino esponjas, personas decididas con el enérgico entusiasmo propio de la edad, y que tampoco escapan de la brutalidad de la existencia (muertes, heridas), si bien son capaces de afrontarla.
Ciertos detalles sí que revelan una melancolía muy sutil (esa meta geográfica llamada Summer’s End; el “no reconocía a su pueblo en el reflejo” que lee Suzy en uno de sus libros), pero cualquier otro ápice de derrotismo emana de los personajes de unos correctos Edward Norton, Bruce Willis, y/o Frances McDormand (dando lugar, por otro lado, a una proyección metacinematográfica muy curiosa entre los sentimientos idealistas y reprimidos de éstos dos últimos y la trama principal), y no de la introvertida Suzy ni del resabiado Sam, protagonistas del film.
Historia pura, sencilla, básica, Anderson evita el abuso de referencias pop (apenas el baile playero al son de “Le temps de l’amour” de Françoise Hardy), y tan sólo necesita contraponer el universo lleno de convenciones y normas laborales de los adultos (abogado, policía, servicios sociales, y profesor ¡de matemáticas!) con unos prismáticos como símbolo de la curiosidad innata y una serie de fenómenos naturales (rayos, tormentas, desbordamientos) como recordatorio del eterno designio de la naturaleza sobre la condición humana para construir su fantasiosa, divertida, e infatigable metáfora sobre un mundo mediocre abocado a la neurosis por exceso de control y raciocinio. Y falta de sentido del humor.
(fuente imagen: Moonrise Kingdom)
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