Crítica de ‘Esta soledad’: Una relación desde sus ausencias.

En 2024, el director Javier Giner sorprendió al mundo con su serie Yo, adicto, en la que se abría en canal para mostrar su propia historia de superación para abandonar el mundo de las drogas y el alcohol, ingresando de manera voluntaria en un centro de desintoxicación. De forma un tanto inesperada, la miniserie de seis episodios de Disney+ se coronó con el premio al Mejor Actor Protagonista en los Emmy Internacionales, otorgado a Oriol Pla, que da vida al propio Giner.
Desde entonces, el panorama español tenía los ojos puestos en los siguientes pasos que pudiera dar el cineasta vasco, ya considerado una de las voces más interesantes de la industria del país. Su nuevo filme, Esta soledad, se ha presentado en el festival de San Sebastián, en la sección New Directors, y llega ahora a los cines.
Leo (Oriol Pla) y Lorea (Marina Salas) se han querido. Quizá todavía se siguen queriendo. Pero algo en ellos se ha roto. Su relación, tras cinco años, ha terminado. Él carga con su padre enfermo, atrapado entre la responsabilidad y una desconexión emocional que le pesa. Ella, enredada en trabajos mal pagados y crisis personales, intenta recomponerse sin saber muy bien por dónde empezar. Son dos cuerpos cansados y solos, atravesados por lo precario, por lo no resuelto, por la herencia emocional de una generación que parece llegar siempre tarde a todo: al amor, a la estabilidad, a la madurez, a la calma, a la satisfacción personal.

Desde su premisa, Esta soledad se presenta como una especie de anticomedia romántica. Por un lado, porque en esta película predominan los tiempos muertos, los personajes que miran con intensidad al horizonte mientras apuran un cigarrillo en la pausa del trabajo, que recorren, quizá con poca intención, pero con mucho en la cabeza, espacios tan fríos y grises como sus propios interiores.
Desde luego, no es algo que nunca se haya visto, más todavía en el panorama actual del cine nacional, pero Giner es hábil para conferir a la cinta el tono adecuado, que no se excede en lo afectado, sino que puede sentirse real y cercano. Para ello, su mejor aliado vuelve a ser Oriol Pla, que sobresale desde la primera escena –un inquietante y triste show de artes performativas– como Leo.

Por otro lado, por su propia estructura. Dándole la vuelta a las típicas historias de «chico conoce a chica», el cineasta vizcaíno narra un cuento de separación en el que cada uno de los integrantes de esta doliente pareja está siempre solo en el plano, pero la ausencia del otro se hará tanto o más palpable que cualquier otro elemento de la puesta en escena. Tanto es así que, en el único encuentro entre ambos, el cineasta toma la decisión de separarlos visualmente e impedir que puedan cruzar una palabra, cosiendo este final con la mencionada secuencia del inicio, como si todo fuera el espectáculo de un mimo, feliz en primera instancia, pero agridulce.

Si se tuviera que definir la película con una sola palabra, la más adecuada sería «ausencia». Giner compone un drama romántico que va mucho más allá de la historia de amor para recoger los miedos y las preocupaciones de toda una generación que ha luchado, ha perdido y se ha quedado por el camino con los pedazos de sus sueños y esperanzas. Y al vizcaíno le basta con los ojos tristes de Oriol Pla para trasladarlo. Con todo, el vacío de una ausencia tan importante (amorosa, pero también laboral, de amistades, familiar, etc.) no es eterno. Al cierre, Esta soledad parece querer convencernos de que la calma llega tras la tormenta y de que nuevos inicios todavía son posibles.
«ESTA SOLEDAD», ESTRENO EN CINES.


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