Crítica de ‘El botín’ (‘The Rip’): La maquinaria del thriller mainstream en piloto automático.

La creación de nuevas historias inspiradas por fórmulas estereotipadas y estrictamente orientadas desde los grandes despachos se ha convertido en un imperativo de la era del streaming. En este sentido, la mastodóntica Netflix domina esta tendencia, pues cada año produce multitud de películas y series que obedecen a firmes modelos narrativos –aunque también algunas obras originales–, lo que deriva en propuestas previsibles, tanto en el desarrollo de tramas como en la construcción de personajes.
A su catálogo, la consagrada plataforma añade El botín (The Rip), la nueva película de Joe Carnahan (Shadow Force), director acostumbrado al cine de acción criminal, y que cuenta con el popular dúo formado por Matt Damon (El indomable Will Hunting) y Ben Affleck (Perdida): los ingredientes perfectos para atraer la atención del gran público en pos de un entretenimiento ágil y estimulante.

La historia sigue a un grupo de policías antidrogas de Miami, liderado por el teniente Dane Dumars (Matt Damon), y que, durante una redada aparentemente rutinaria, descubre un botín de millones de dólares en efectivo. Durante las próximas horas, los miembros del equipo se cuestionan las intenciones del teniente, especialmente su amigo y compañero el detective sargento J.D. Byrne (Ben Affleck). En consecuencia, las lealtades se ponen a prueba y cada decisión puede significar la diferencia entre sobrevivir o caer en una espiral de corrupción y violencia.

El film se apoya sobre la relación entre ambos protagonistas, caracterizada por una exaltada camaradería y hermandad. Esto abre camino a una buddy film que, en el contexto de una producción mainstream estadounidense, recurre a la trillada dinámica de poli bueno y poli malo: Dumars encarna la templanza contenida del héroe silencioso, mientras que Byrne plasma un macarrismo cool, impulsivo y orientado a la acción. Ambos perfiles, al fin y al cabo, funcionan como versiones arquetípicas del héroe americano, comúnmente representadas en la figura policíaca.

De este modo, surge la primera disyuntiva. Si bien la película ofrece dos modelos que modulan el thriller de acción –un género excitante por sus posibilidades adrenalínicas–, también desvela la preconfiguración de conductas y rivalidades manidas, tanto en su contenido como en sus formas. Por si hubiera alguna duda, los secundarios terminan por evidenciar las carencias –o en su defecto, el conformismo– en el diseño de personajes.
La narrativa fluye en un vaivén constante de tensión. Las sombras de cada uno de los componentes del grupo se alargan, a la vez que sus avaricias e intenciones inciertas respecto al botín. Y así nace otra disyuntiva. El dilema moral –y la amenaza que conlleva– se sirve de frecuentes giros de guion para sostener un ritmo interno estimulante. Además, por si esto no es suficiente para mantener la atención del espectador, prevalecen las ingenuas sobrexplicaciones. Con esto, la propuesta avanza mediante facilidades contempladas desde el libreto –también firmado por Carnahan–, aunque cabe reconocer que esta ejecución caprichosa es consciente de sus pretensiones y el relato progresa con una fiereza que confirma la solvencia del cineasta para filmar la acción.

Como suele ocurrir en esta clase de producto cinematográfico, los recursos técnicos juegan un papel clave en la construcción de una atmósfera moralmente turbia. En este caso, la estética es oscura, áspera y muy nocturna, dejando ver las influencias del cine policial de los 70 combinadas con el neo-noir moderno. Predomina el contraste entre tonos fríos y cálidos en espacios cerrados, reforzando una sensación de claustrofobia física y emocional. A esto se añade un diseño sonoro constituido por efectos ambientales que acentúan la amenaza opresiva, así como una base musical de percusiones secas y pulsos constantes, emulando un latido que acompaña la ansiedad de los personajes. Por lo tanto, el apartado técnico genera texturas incómodas que potencian el motor asfixiante del film.

En conjunto, Carnahan se une a las estrellas Damon y Affleck para ofrecer un thriller policial apoyado en los cánones de la buddy movie. El botín es otro producto comercial estadounidense, insuflado de fuerza bruta y testosterona al servicio de la fórmula, por lo que no reinventa ninguna estructura y mecanismo narrativo. Sin embargo, la intensidad interpretativa de sus protagonistas encaja con el marco de la propuesta. El desarrollo es básico, pero efectivo en la escalada de tensión y disimula –parcialmente– la falta de profundidad de sus personajes, cuyos anhelos son un paisaje de fondo sin concretar. Todo ello queda reforzado por decisiones técnicas que completan la representación ácida del crimen. Un ejemplo más de la maquinaria del thriller mainstream en piloto automático.
«EL BOTÍN», YA EN NETFLIX.


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