Crítica de ‘El Instinto’: Cuando lo que temes puede no ser lo peor.

Siguiendo la tendencia del cine español de los últimos años de aprovechar al máximo el género de suspense que roza el terror (véase El llanto o La espera), El instinto, debut en el largometraje del director Juan Albarracín, se erige como un thriller potente y angustiante, capaz de mantener al espectador intrigado hasta su desenlace final y difícilmente dejando a alguien indiferente.
La historia se centra en Abel (Javier Pereira), un arquitecto que sufre de agorafobia –tema recurrente en otros thrillers de éxito como Copycat, con Sigourney Weaver y Holly Hunter–, que vive aislado en su casa de diseño en medio del campo, donde realiza proyectos para la empresa en la que trabaja, y con la única compañía de su perro. Tras la visita de su socia, Sonia (Eva Llorach), con quien además mantiene una relación sentimental, ella le da un ultimátum: la oficina exige que trabaje de forma presencial y que viaje a Barcelona. Para ello, Abel tendrá que vencer su patología y contará con la ayuda de José (Fernando Cayo), un adiestrador canino que le propone un inusual método para combatir su fobia basado en su forma de educar a los perros.

El instinto, desarrollada en su totalidad en un mismo escenario y con tan solo tres personajes, nos sumerge de manera efectiva en la angustia y la incapacidad que sufre Abel: el miedo a los espacios abiertos. Una patología que evidencia un trauma infantil que, mediante continuos flashbacks en forma de grabaciones de vídeo, se irá desvelando. Estas visiones, algo borrosas y de colores apagados, resultan una forma original de representar el recuerdo y crean una atmósfera triste y ligeramente nostálgica.
Desde el momento en el que Abel empieza a recibir la ayuda de José, el film se convierte en un thriller trepidante e inquietante. La película está organizada en capítulos que siguen el proceso de adiestramiento canino aplicado a Abel y su agorafobia y que se abren con un breve segmento documental de imágenes vintage sobre el procedimiento, un recurso que se antoja redundante ya que la metodología se explica de nuevo después por el propio José.

En su ópera prima, con tan solo 23 años, Juan Albarracín nos brinda una maestría notable en la dirección, utilizando técnicas precisas y complejas, dejando claro que posee un buen conocimiento del lenguaje cinematográfico. El uso de la cámara en mano, los primeros planos del rostro de Abel y los movimientos de cámara aberrantes (que simulan mareo o malestar) retratan el martirio que padece cada vez que intenta salir de casa y caminar por el exterior, unido a un impecable montaje, que muestra con contundencia su desesperación, y una banda sonora que se adapta a las secuencias, creando tensión y momentos agobiantes.
Las actuaciones son otro de los puntos fuertes de la película, empezando por Javier Pereira (Stockholm) en un rol lleno de matices, moviéndose entre el dolor profundo, la impotencia o la rabia contenida. Por su parte, Fernando Cayo (La huella del mal) vuelve a exhibir todo su potencial actoral en un papel malvado con gran solidez y fuerza como el adiestrador canino, un tipo nervioso, alcohólico y perturbado.
Y es que, se trata de una historia que nos transmite el mensaje de que la forma de vencer al miedo es enfrentarse a él. Aunque intentemos evitar ciertas situaciones, un solo error puede hacer que el conflicto nos alcance y recurramos a nuestro «instinto». En este caso, Abel evita salir al exterior por miedo, pero deja entrar en su casa algo mucho peor.

En conclusión, la cinta demuestra que la suma de un buen rodaje y guion (en ocasiones un poco plano aquí) puede resultar en películas atrayentes para el espectador, superando incluso a otras con mayor presupuesto o con muchos más personajes. Esto hace que El instinto sea bastante destacable en el panorama actual.
«EL INSTINTO», ESTRENO EN CINES MAÑANA.



Ana Bayón
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