Crítica de ‘El motín’: Una vez más, Jason Statham salva con sangre y mamporros un barco en velocidad crucero.

Nada más empezar El motín, de Jean-François Richet (El piloto), los seguidores de la adrenalínica filmografía de Jason Statham podrán confirmar que están ante la película que esperan (algo que ya podía intuirse en el tráiler). Es cierto que, con el paso de los años, el protagonista de sagas como Transporter o Los Mercenarios ha dejado la sensación de que hace lo mismo, pero un poco menos emocionante, y eso es precisamente lo que ocurre al comparar su nueva aventura con algunas de las más recientes, como A Working Man, Shelter o Beekeeper. Eso sí, esa misma constante es la que asegura llevar a su público al cine.
¿Qué es lo que aporta entonces El motín? Si no es nada nuevo, al menos puede ser más de lo mismo. De repente, aparece una escena en la que un candado rasga una mejilla mientras salpica la sangre. Ese nivel de explicitud (que no de gore) será la norma en el tercer acto y supone una de las principales razones para darle una oportunidad a este nuevo entretenimiento veraniego sobre un trabajador acusado falsamente de un crimen.

Por suerte para el espectador más escéptico, la sangre no es la única novedad meritoria. El director francés, responsable del remake de Asalto al distrito 13, muestra una sutil habilidad con el manejo de cámara poco frecuente en este tipo de entregas estivales. Esos movimientos que acompañan a los protagonistas dinamizan bastante el visionado, sobre todo al meterse de lleno en el principal escenario del metraje: el barco.

La otra persona que acompaña eficazmente a Statham es Annabelle Wallis (Peaky Blinders), una secundaria de lujo capaz de levantar un papel demasiado clásico (el cliché de la mujer guerrera acompañante). Aunque ya ha demostrado en otras superproducciones de terror que sabe actuar cuando hay sangre de por medio, aquí sabe recoger el testigo del protagonista cuando este no aparece en pantalla.

La película activa el modo crucero, por lo que el camino hasta el tercer acto puede hacerse algo largo, pero merece la pena aguantar. La acción se reserva para el tramo final, donde se produce la clásica persecución del gato y el ratón en un espacio limitado. Este segundo acto es quizá la parte más floja y menos original de la película, aunque los nombres antes mencionados saben empujarla. Al fin y al cabo, nunca viene mal un buen recorrido por las entrañas de un barco; el cine también está para llevar a los espectadores a lugares recónditos que seguramente jamás visitarán.
Afortunadamente, la película no se alarga mucho más allá de la hora y media, así que la travesía hacia la parte final no se alarga en exceso. En este caso, menos es más, ya que el montaje consigue mantener el ritmo durante casi todo el metraje y evita desviarse en exceso con subtramas innecesarias o secuencias alargadas.

El destino de este thriller crucero compensa la espera. El tercer acto presume de unas solventes coreografías ya adelantadas al comienzo del film. Como ocurre en la disciplina del triple salto, una fuerte carrera previa puede quedar en nada si no se clavan esos últimos pasos, determinantes para el sabor de boca con el que el espectador saldrá del cine. Jason Statham sigue sin innovar en su desarrollo, pero sí que sigue sabiendo surfear cualquier bache de la película con una generosa dosis de mamporros. A diferencia de Megalodón, aquí no tiene un arpón gigante, pero sí un sorprendente arsenal de armas que provocará varias reacciones de admiración y sorpresa entre los mayores fans de la acción en general y de este gran actor en particular.

Jason Statham lleva años interpretando variaciones del mismo héroe. Cambian los enemigos, las armas o el escenario, pero rara vez la sensación que deja cada película. El motín tampoco pretende romper esa dinámica. Su objetivo es otro: ofrecer exactamente lo que promete, pero con un poco más de sangre. Porque sí, un tercer acto puede salvar una película. Una vez más, poca innovación, pero un valor seguro.
«EL MOTÍN» SE ESTRENA HOY EN CINES.



Rafael Jiménez
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