Crítica de ‘Fatherland’ [Cannes2026]: El gran cine es la verdadera patria de Paweł Pawlikowski.

La grandeza de un certamen de cine la marcan esos días señalados en rojo en el calendario que generan una expectación muy por encima de la media. En el caso de los festivales de categoría A, estas citas son habituales, y en Cannes, particularmente, ocurren con asiduidad.
No es sinónimo, en cambio, expectativa creada con aquella cumplida, y son muchas las ocasiones en las que obras que aterrizan con un aura enorme acaban escaldadas en el panorama festivalero ( cuando uno habla de Cannes, es difícil no pensar en la oleada de críticas negativas que recibió la Megalópolis de Francis Ford Coppola).
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El polaco Paweł Pawlikowski, ganador del Óscar a la Mejor Película Internacional en el año 2015 por Ida, regresa a la Croisette ocho años después de su última presencia con la magnífica Cold War. Cineasta más que afianzado en el circuito de autor europeo y respetado a nivel internacional, se presenta ahora como uno de los grandes postulados para hacerse con la Palma de Oro de esta 79ª Edición en la que competencia no le va faltar.
Lo hace con Fatherland, una nueva vista atrás hacia el conflicto europeo e internacional de mediados del siglo XX, y la fragilidad de acuerdos y fronteras entre sus contendientes, que se recuperaban de la peor guerra hasta ahora conocida por el hombre. Contexto afín a sus dos obras anteriores y mencionadas en este texto, sí que hay un cambio en el punto de vista para vehicular las diferentes tramas a las que alcanzaba el conflicto bélico y que afectaba desde grandes estados a familias rurales.
Es ahí donde aparece la figura de Thomas Mann, Nobel de Literatura en 1929, y posteriormente exiliado de una Alemania nazi que nunca quiso pisar. Principalmente, Mann y su familia se establecieron en la Costa Oeste de los Estados Unidos, volviendo a su país natal después de la II Guerra Mundial, sin llegar a instalarse definitivamente del todo jamás.

Pawlikowski da comienzo a la película con el plano más largo de la misma –junto al último–, mostrando a uno de los hijos de Mann, Klaus, en uno de sus últimos momentos de vida. A partir de ahí, la cinta sigue el viaje de Mann junto a su hija Erika por las dos Alemanias divididas por los ganadores de la contienda internacional. Mientras el escritor busca el reconocimiento en un país quebrado y aún devastado, la duda sobre el paradero de su hijo los acompaña en el trayecto.
El cineasta polaco demuestra la destreza y gran hacer de quien tiene bajo control todas y cada una de las herramientas del lenguaje cinematográfico académico y clásico. Sin abandonar los 4:3, tan reconocibles en la última década de su filmografía, acompaña al retrato expresionista de la Alemania Occidental y la Soviética de la intelectualidad afín a un escritor merecedor del Nobel y la figura de aquel a quien tanto admiraba: Johann Wolfgang von Goethe.
En este viaje de apenas 75 minutos, se construye un arco paternofilial que transcurre en el marco de ciudades devastadas hasta la ruina, en las que aún resuenan cánticos fascistas y celebraciones de una guerra de la que todos salieron perdedores de algún modo u otro. Y es que, además del dolor por la pérdida, el tema central es la conversión del posicionamiento intelectual de Thomas Mann respecto a la(s) Alemania(s) de posguerra, conforme va cruzando de una a otra de ellas. Como decimos, es vital en la película la figura de Erika, interpretada por Sandra Hüller, ya que aporta una mirada más amplia que la de su progenitor.
Con una exquisita fotografía en blanco y negro a cargo de su DoP de confianza, Łukasz Żal (Hamnet), el filme emplea texturas expresionistas para resaltar y remarcar el dolor y el peso de la culpa, la duda y la pérdida, no solo de los personajes, sino también de la propia región. Esto contrasta con la solemnidad de los bailes y ritos militares, a ambos lados del muro.
Con un ejercicio de dualidad casi hiperbólica, el hecho de la división y el desarraigo es fundamental para comprender la nueva gran obra del director de Cold War, que sigue depurando la forma para componer el encuadre, sin apenas necesidad de mover la cámara, para transmitir la opresión y el dolor a través de la luz y las distancias entre personajes.

Hay cierto regusto a trampa en el apartado del reparto, ya que Sandra Hüller (Anatomía de una caída) es anunciada como secundaria o, en el mejor de los casos, coprotagonista cuando, en realidad, es la que se hace con la película tanto a nivel narrativo como emocional. Sin desmerecer el trabajo de Hanns Zischler (Múnich), actor que encarna a Thomas Mann, es Erika el elemento motivador de todo cambio en el ganador del Premio Nobel.
Hüller se ha convertido, por derecho propio, desde aquella rotunda aparición que le otorgó el foco mediático en Toni Erdmann, en una de las mejores y más cotizadas actrices del planeta, algo que vuelve a demostrar en Fatherland con una actuación de rostro duro y emoción seca que alcanza el alma del espectador. Pero no solo de Fatherland vive Hüller en 2026, pues tiene otras cuantas películas en cartera –Rose, con la que ganó el Oso de Plata en la Berlinale; la sci-fi Proyecto salvación; y la futura Digger, de Alejandro G. Iñárritu– que harán que repita una memorable temporada de premios como la que tuvo en 2023.

El contraste entre los cantos alegres y victoriosos de los niños, militares o coros, contrasta con la destrucción total de un continente europeo que vivía los peores años de su existencia y que, de nuevo, sigue sumando registros para completar una gran película. Hay quien puede tachar a Pawlikowski –no sin falta de argumentos– de cineasta acomodado en aquello que hace saber muy bien, pero en Fatherland se producen sutiles saltos hacia la comedia con el ingenio del texto dialogado y una escena protagonizada por Sandra Hüller que alcanza la emoción entre la evocación onírica y bucólica tras la trágica muerte de su hermano Klaus.

Sin duda, Paweł Pawlikowski ha alcanzado a sus 68 años la madurez y depuración cinematográfica de quien sabe que su labor está por encima de cualquier premio o galardón en temporada de premios o festivales. Un autor con mayúsculas que se maneja como pocos en los códigos clásicos y que es capaz de transmitir en metrajes que no superan los noventa minutos más que el 80% de películas que rebasan las dos horas.
«FATHERLAND» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES Y SE ESTRENA EN CINES PRÓXIMAMENTE.



Jesús Casas
Curioso cultural y ávido consumidor de cine clásico. Ha cubierto el Festival de Cannes 2026 como prensa acreditada para mundoCine y ha entrevistado a personalidades de la talla de Rodrigo Sorogoyen, Rodrigo Cortés, Álvaro Cervantes, Alba Flores o Sam Reid. También ha cubierto eventos desde la Academia de Cine y galas de premios como las Medallas CEC y los Días de Cine.
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