Crítica de ‘Historias del Buen Valle’ [73SSIFF]: Un pueblo en construcción.

En 2001, José Luis Guerín, cineasta catalán, estrena En construcción, un documental que le valió el Goya al Mejor Documental. El proyecto nació de un encargo y de una colaboración de tres años con estudiantes, centrado en la rehabilitación del barrio de El Raval en Barcelona. La cámara de Guerín era una mera espectadora del proceso, atenta a los habitantes. Conseguía un retrato tan honesto como cinematográficamente rico. En este hermoso dispositivo documental reinaba una conciencia de clase fundamental, siempre a través de sus personajes. Sin duda, uno de los mejores documentales de la historia del cine español.
Más de veinte años después, Guerín vuelve a aceptar un encargo. Esta vez, para un museo que le solicita una pieza sobre el barrio barcelonés de Vallbona, en la periferia de la ciudad, justo donde acaba lo urbano y empieza lo rural. Un barrio aislado por las vías del tren, el río, su vasta naturaleza y varias viviendas abandonadas. Allí conviven varias generaciones de migrantes: sureños de la posguerra y, ahora, personas llegadas de todas partes del mundo: gitanos, indios, portugueses, marroquíes… Vallbona es hoy una aldea global.
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Guerín comienza su película Historias del buen valle, presentada en la Sección Oficial de la 73.ª edición del Festival de San Sebastián, con la pieza que realizó para el museo. Rodada en super 8 y en blanco y negro, presenta un montaje de la vida cotidiana en el barrio. Sin embargo, el cineasta siente que no es suficiente. Apenas ha rozado la superficie de lo que Vallbona tiene que ofrecer a nivel cinematográfico. Por ello, durante dos años y medio ha estado rodando, escribiendo y montando esta espectacular película, con ecos a su obra maestra del 2001.

La obra de José Luis Guerín habla de muchas cosas, pero principalmente habla de cine. Así lo demostraba Tren de sombras, una cinta experimental sobre el poder del lenguaje cinematográfico, analizado casi de forma arqueológica. Y así lo ha seguido haciendo, con películas que hacen partícipe al espectador del propio proceso de creación. Historias del buen valle es una película que se construye conforme avanza, en todos los sentidos. Comienza con la secuencia génesis del proyecto, en un lenguaje que nunca se vuelve a abordar. De pronto, la cámara –con una imagen contemporánea, digital– se adentra en una escuela, donde el director realiza un casting para una película sobre el barrio. Allí, el cineasta escoge a sus personajes según lo que puedan aportar al proyecto.
Al inicio, el director forma parte activa de la película, aunque permanece detrás de las cámaras. Los personajes se dirigen a él a la hora de hablar, manteniendo el formato de entrevista. Pero, poco a poco, los habitantes de Vallbona dejan de interpelar al cineasta y comienzan a dialogar entre ellos, hasta que la figura del director se vuelve invisible. La película se construye a un ritmo que Guerín no impone en ningún momento –o, al menos, no da esa sensación–, sino que va encontrando su estilo y tono conforme va conociendo a sus personajes. Esto también afecta a la manera en la que los filma. Al principio, hay una clara intención de capturar espacios: el río, el huerto o un comedor. Los personajes habitan estos lugares de encuentro, pero la cámara de Guerín empieza a ubicarlos y a cerrar el plano. Ahora, ellos ocupan todo su interés. Son los personajes quienes dictan las decisiones estéticas, quienes definen la película y conducirán el relato.

Cada personaje define de manera distinta el barrio de Vallbona. La familia gitana, en constante contacto con la naturaleza y la música. Los viejos amigos españoles, que conversan reunidos alrededor de una mesa. La familia india, que cultiva su propio huerto. La pareja que sobrelleva el alzhéimer del marido. El viejo viudo que rememora su vida con su mujer y su antigua casa, ya abandonada.
Se genera un discurso en torno a cada uno de ellos y, en última instancia, sobre toda la población del barrio. Sus conversaciones y contextos abren un abanico de temas de lo más potente: especulación inmobiliaria, gentrificación, cambio climático, inmigración, conflictos identitarios, la guerra… Pero también dejan espacio para los problemas personales, los recuerdos y las inquietudes íntimas de cada uno. Y Guerín los filma con suma sensibilidad. Tanto, que una conversación entre dos no recurre al clásico plano y contraplano –que los separaría en el espacio–, sino que se resuelve en dos planos de conjunto: uno frontal y otro de perfil.
La lírica termina por dominar el relato en su último tramo, con composiciones (si cabe) todavía más increíbles, especialmente aquellas que juegan con el reflejo en las ventanas. Momentos conmovedores, tan bellos que llegan a congojar. La secuencia del funeral de uno de los vecinos… pocas cosas mejores se han visto en el cine español en los últimos años. El resultado es tan hermoso que uno está dispuesto a pasar por alto ciertos planos ralentizados, una solución de montaje algo torpe.


En definitiva, aún no sabemos qué película se alzará con la Concha de Oro en el Festival, pero Historias del buen valle sería una ganadora digna y hermosa.
«HISTORIAS DEL BUEN VALLE» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA PRÓXIMAMENTE EN CINES



Enrique Constans
Licenciado en cine documental por la ECAM, donde realizó varios cortometrajes en calidad de director, guionista y montador. Además, ha estudiado guion y crítica cinematográfica y dirigido y escrito varios cortometrajes. Actualmente se dedica tanto a la escritura de ficción como a la docencia de Historia del Cine en la UNED. Ha cubierto el 73.º y el 74.ºFestival Internacional de Cine de San Sebastián como prensa acreditada para mundoCine.
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