Crítica de ‘La libertad doble’ [Cannes2026]: Veinticinco años después, Lisandro Alonso demuestra que el tiempo también puede filmarse.

¿Cómo filmar el paso del tiempo de algo que, a simple vista, parece perenne? Veinticinco años después de que Lisandro Alonso estrenara su ópera prima La libertad en la sección Un Certain Regard, vuelve al Festival de Cannes con la secuela de aquella película, La libertad doble, esta vez en la Quincena de Cineastas.
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Existe algo de primitivo en su cine. Las primeras imágenes que acuden al imaginario colectivo sobre las formas originarias de vida humana parecen reproducirse tanto en la forma como en el fondo de sus películas. En los primeros minutos del filme, del mismo modo que ocurría en la primera parte, el protagonista, Misael, cena comiendo carne con las manos, en la oscuridad de la noche, iluminado únicamente por el fuego de la hoguera.
Son estas imágenes primarias las que, extendidas a través de un lenguaje cinematográfico minimalista, austero y contemplativo –rozando por momentos lo documental–, revelan la manera en que este director argentino entiende el cine y sirven, a su vez, como vehículo metafórico para su exploración del espacio y el tiempo.

La vida suspendida de Misael, aquel leñador solitario, vuelve a reactivar las agujas del reloj de la misma manera, para que rápidamente el espectador sea consciente de que todo sigue igual. Han pasado casi tres décadas y, sin embargo, todo sigue suspendido, pues, ¿qué son todos esos años para un árbol?
Se reconstruyen, casi de forma milimétrica, las secuencias que tenían lugar en su ópera prima; sin embargo, son mínimos los detalles que producen una mutación entre una película y otra. Esta vez, el protagonista decide desprenderse del hacha y talar con una motosierra; su hermana, quien padece una enfermedad mental, vuelve a casa para ser cuidada por él; y la existencia de un reloj. Son estos tres elementos disruptivos –la máquina, la enfermedad y unas manecillas en movimiento– los que se cuelan entre los surcos del camino para advertir la inmovilidad del paso del tiempo.
Del mismo modo que ocurre en películas anteriores, como Los muertos o Jauja –también estrenadas en el certamen francés–, sus protagonistas encarnan una manifestación radical de cierta concepción del cine argentino, profundamente atravesada por el contexto social y material del país.
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Su manera de estar en el mundo no responde a un rumbo preciso, ni a una lógica de acción determinada, ni siquiera ante la inminencia de un posible final cercano. La libertad radica, precisamente, en la ausencia de una necesidad de trazar o imponer un sentido; en sostenerse en las nimiedades de lo estático y permitir que sea el tiempo quien avance, transforme y defina nuevas formas de mirar y construir la vida y, en consecuencia, el propio cine.

Así, con La libertad doble, Lisandro Alonso se consagra como una de las voces más radicales del cine argentino: le basta un mismo espacio y un mismo protagonista para que, veinticinco años después, la pregunta «¿cómo filmar el paso del tiempo de algo que, a simple vista, parece perenne?» solo pueda responderse del mismo modo que su cine: dejando que el silencio y el dejar hacer marquen una respuesta situada en el mismo lugar en el que, en el fondo, siempre estuvo.
«LA LIBRTAD DOBLE» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES.



Andrea González
Graduada en el Máster de Crítica Cinematográfica en la ECAM y amante del cine social, con referentes como Alice Rohrwacher, Sandra Romero y Carla Simón. Ha asistido a festivales como Cannes y la SEMINCI. Fiel defensora de que la crítica es una herramienta para traer nuevas miradas al cine y a la sociedad.
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