Crítica de ‘La luz’: No es pecado, es delito.

Que a Fernando Franco le va lo «difícil» es algo que todos sabemos. En más de una década en activo, el cineasta no ha hecho una sola película «fácil». Nada fácil era armar el minucioso e íntimo estudio de personaje de La herida (2013), donde Marian Álvarez vivía afectada por su trastorno límite de la personalidad. Tampoco lo era hablar de la asistencia sexual en La consagración de la primavera (2023), ni del abuso y la depresión en Subsuelo (2025). El cine del director sevillano se acerca a cuestiones éticas y políticas muy delicadas para problematizarlas con el objetivo de generar debate y ofrecer una mirada sobre el mundo mucho más amplia y compleja.
La luz, su quinto largometraje, no se queda atrás. Esta vez, decide abordar la pederastia eclesiástica directamente desde el punto de vista del sacerdote y no desde el de las víctimas. El relato sigue, pues, a Manuel (Alberto San Juan), un párroco que abusó de tres niños cuando ejercía como docente en un colegio y que ahora desea colgar los hábitos. Sin embargo, la denuncia de una de sus víctimas amenaza su deseado cambio de vida.

El estudio de personaje que propone el realizador aquí es de los más complejos de su carrera, ya que no solo debe tratar con un pederasta arrepentido, sino que también el espectador debe lidiar con un riguroso punto de vista. La incomodidad es una de las herramientas habituales de Franco, a veces usada de forma honesta y con grandes resultados (La herida), y otras de forma más sádica y provocadora (Subsuelo). En La luz, contemplamos la hipocresía de Manuel buscando a sus ya adultas víctimas para pedirles perdón con el fin de que retiren la denuncia. Esto da lugar a dos grandes momentos: uno en la consulta de un dentista, donde Franco elabora un tenso y orgánico plano secuencia, y otro en un bar, donde el diálogo y la dirección de actores brillan. Pero el arco de Manuel atraviesa varias etapas que no revelaremos en esta crítica y que terminan desarrollándose de formas sorprendentes y, en última instancia, honestas.

Es asombroso y extraño encontrar tan poco de Fernando Franco en esta película. Por un lado, este es su guion con más diálogo con amplísima diferencia. La trama se compone de encuentros entre Manuel y una larga lista de personas (roles secundarios magníficamente escritos y soberbiamente interpretados por Miguel Rellán, Ramón Barea, Pedro Casablanc y Luis Callejo). Además, el discurso del director se cuela, de forma nada natural, en el diálogo a modo de dictado. El cineasta parece tener mucho que decir y no desaprovecha la oportunidad de que sus personajes dinamiten la hipocresía de la Iglesia por medio de la palabra. El problema es que, en más de una ocasión, estos diálogos sobrepasan la contención de la propuesta y fuerzan su discurso.
Por otro lado, está la dirección. La puesta en escena es reconocible en su director: resulta fría, sobria y minuciosamente calculada, pero la apuesta estética y narrativa se vuelve aquí más convencional que en sus anteriores títulos. Aquella cámara en mano que paneaba en las conversaciones, a la caza del gesto más expresivo y de la verdad más absoluta, ha sido sustituida durante la mayor parte del metraje por una Steadicamque mantiene la distancia con los personajes y rueda las secuencias con todavía más sobriedad y frialdad.

Su experiencia como montador parecía haber dotado a su cine de una gran capacidad para la concisión y la elaboración de estructuras (Subsuelo es un gran ejemplo de su creatividad en este sentido). En La luz sucede algo extraño: toda la primera mitad se siente innecesariamente alargada, mientras que la segunda condensa de forma mucho más orgánica los puntos más importantes de la trama. Es a partir de una polémica y brillantemente escrita homilía cuando la cinta abre su discurso y comienza a atacar a diestro y siniestro, dispuesta a hacer sangre en el sistema que protege a los pederastas y busca cabezas de turco.

Hay dos momentos deleznables en La luz. Uno es una escena onírica que sirve como disparador de la culpa y la redención de Manuel, pero resuelta de forma realmente cutre y obvia; y otro, todavía más grave, es su final. Es sencillo enlazar la nueva película de Fernando Franco con El reino (2018), de Rodrigo Sorogoyen. Ambas películas siguen a una persona que, sí, ha cometido delitos, pero el sistema que los ampara no solo no se hace responsable, sino que la convierte en cabeza de turco. Sin embargo, mientras el final de la película de Sorogoyen se aseguraba de condenar a su protagonista –evitando glorificarlo o encumbrarlo como una especie de héroe–, el cierre que propone Fernando Franco convierte al personaje de Manuel en un mártir. Y esa decisión compromete buena parte del discurso del filme.

Quitando esos dos momentos y ese afán didáctico del director, La luz abre un debate difícil, aunque necesario. El problema surge cuando esta discusión abandona la sala de cine y se traslada a la realidad. Que sucediera lo que propone Fernando Franco se antoja utópico y refleja el optimismo del cineasta: quizá las cosas puedan cambiar, pero depende de la determinación de alguien con el valor suficiente.
«LA LUZ», YA EN CINES.



Enrique Constans
Licenciado en cine documental por la ECAM, donde realizó varios cortometrajes en calidad de director, guionista y montador. Además, ha estudiado guion y crítica cinematográfica y dirigido y escrito varios cortometrajes. Actualmente se dedica tanto a la escritura de ficción como a la docencia de Historia del Cine en la UNED. Ha cubierto el 73.º y el 74.ºFestival Internacional de Cine de San Sebastián como prensa acreditada para mundoCine.
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