Crítica de ‘¡La novia!’ (‘The Bride!’): Rebeldía domesticada.

La campaña de marketing de la nueva película de Maggie Gyllenhaal (La hija oscura) contiene el tagline «¡Aquí llega la hija de p*** de la novia!», asteriscos incluidos para tapar la palabra malsonante. Esto es algo que define a la perfección la cinta: un absoluto quiero y no puedo. Porque al igual que su protagonista, la película sufre una gran crisis de identidad, pero, en lugar de emprender un viaje para encontrarse a sí misma, deambula dando tumbos de un lado a otro sin saber qué quiere decir.

En los primeros compases de ¡La novia!, parece que vamos a presenciar el alegato de una mujer silenciada: la propia autora de Frankenstein, Mary Shelley (interpretada por Jessie Buckley, quien realiza otros dos papeles, el de Ida y el de La Novia). Un alegato que va a realizarse mediante una posesión, cuando Shelley toma el cuerpo de Ida, lo que propicia su muerte.
Así pues, la cinta comienza como si fuera a centrarse en aspectos sobrenaturales y reivindicativos, pero rápidamente se olvida de lo primero y lo segundo está presente de manera muy difusa. Tras esto, parece que en realidad va a ser una película sobre la soledad y encontrarse a uno mismo, pero luego pega un giro brusco para convertirse en una suerte de Bonnie y Clyde, siendo Clyde el Frankenstein de Christian Bale (El caballero oscuro), cruzado con una peli de detectives que les siguen la pista, y todo ello aderezado con un número musical de por medio.

Durante todo el metraje, la directora (y guionista) quiere hacer un manifiesto en contra del patriarcado, pero toma unas decisiones que parecen legitimar o distanciarse de este. Por ejemplo, Ida muere a causa de un forcejeo causado por la posesión de un espíritu, en lugar de ser víctima de la violencia estructural que sufren las mujeres, y más aún las trabajadoras sexuales como ella (otras trabajadoras sexuales sí son víctimas de esta violencia, pero quedan relegadas a alusiones en diálogos y a un encuadre abyecto de lenguas cercenadas).
Otro momento sangrante llega con la resolución del arco de Myrna, interpretada por Penélope Cruz (Volver), el cual se da gracias a la intervención de un hombre que le otorga la potestad de cerrarlo. De igual modo, la culminación del viaje de La Novia es cuando ella elige su propio nombre: no es Ida, no es Penélope, ni es La Novia de Frankenstein, es simplemente La Novia, un nombre que sigue definiéndola en base a su relación con otro personaje. Esta es una decisión desconcertante, y más teniendo en cuenta que se invoca a Shelley para ratificarlo, validando la idea de Gyllenhaal a través de una autora ficcionada a la que previamente había presentado como silenciada.

A nivel visual, la película tiene una estética bastante sólida, aunque recuerda bastante a Cruella (2021), ambas con una estética punk vacía de significado político. A modo de ilustración, en una secuencia de ¡La novia! se cuenta cómo la protagonista ha inspirado una revolución que han seguido varias mujeres, pero esta es una revolución más estética que política, desprovista de organización, objetivos y mensajes y que repite un mantra vacío (brain attack) y replica el maquillaje del personaje de Buckley, sin una agenda real que lo sustente.

Gyllenhaal carga gran parte de la cinta sobre la interpretación de Buckley, algo que, sumado a ciertas directrices cuestionables, acaba pasándole factura, como en los momentos de posesión, que se reflejan a través de soliloquios que se perciben francamente teatrales debido a la forma en que están enunciados y a que están apartados del resto de la diégesis.
El tono teatral y a veces exagerado hace que parezca que Buckley (actual favorita al Óscar a la Mejor Actriz por Hamnet) sobreactúa. Para colmo, otra forma de manifestar la posesión (la cual desaparece a mitad de la cinta sin explicación alguna) es enunciando palabras cultas para mostrar el refinado léxico de la autora inglesa, un despropósito que, yuxtapuesto con risas que recuerdan al Joker, consigue sacarte de la película.

En definitiva, ¡La novia! es una obra plagada de decisiones confusas que, más allá de un par de recursos visuales interesantes, tiene un discurso audiovisual bastante plano. A pesar de contar con un diseño de producción y una fotografía destacables, coronados por un maquillaje excelso, nunca logra conseguir que todas las piezas del engranaje funcionen. Al final, la cinta solo puede disfrutarse si se adopta una perspectiva camp y se digiere como una mamarrachada.
«¡LA NOVIA!», ESTRENO HOY EN CINES.


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