Crítica de ‘La Terra Negra’: Un golpe de fe en el letargo del cine español.

El mundo del cine español siente una quietud en la actualidad que viene acaecida por el uso de las mismas fórmulas para crear. Los autores actuales, nacidos de las escuelas de cine, se encierran bajo el paraguas de una norma, un movimiento o un concepto que agrupa la actividad cultural, en muchas ocasiones, en la repetición y el patrón. Sumamente agotados de un arte que explora el entorno rural, la familia y la nostalgia –como el actual que radica en Catalunya– u otro que habla de la idiosincrasia de los ricos en el centro de Madrid, surge la necesidad de que algunas voces acojan el mando de una nueva forma, un nuevo modo. Así, con el reciente estreno de La terra negra, de Alberto Morais, lo que se nos pone delante es el uso del cinematógrafo como variedad.
Llegado desde Valladolid, el cineasta español nos adentra en un mundo rural empapado de naturalismo y ascetismo. En él, María (Laia Marull) regresa para trabajar con su hermano Ángel (Andrés Gertrúdix) en un negocio familiar, tras haber abandonado el pueblo hace años. Esta novedad en su entorno provoca que los amigos de Ángel sientan atracción por su hermana, pero quien realmente va a captar su atención es Miquel (Sergi López), un ex presidiario de carácter particular que, rodeado de misticismo, transformará todo lo que María conoce y existe en esa villa tan aburrida y costumbrista del interior español de la que huyó hace años.

Un título singular en comparación con lo que venimos conociendo en la Península. Marcado por el realismo mágico italiano y latinoamericano –lo internacional afecta de manera frontal a Morais a la hora de crear–, se apoya en el entorno rural del interior español, que en su encierro lucha por construir puertas desde lo mágico. La fotografía, teñida con recursos muy similares a los de Aki Kaurismäki o Terrence Malick, aleja a sus protagonistas y acerca los conflictos, teñidos con esa amargura y sordidez dignas de Yorgos Lanthimos. El guion, en la misma línea, entre la esencia de Visconti y Pasolini del Neorrealismo italiano, se sitúa en un entorno baldío, casi sin esperanza, y transitando entre el diálogo y la acción con una desesperanza latente.

Haciendo un análisis exhaustivo, vemos que fondo y forma se ensamblan cuando existen escenas transicionales, como las conversaciones de los personajes centrales durante las sobremesas, oscuras y lúgubres como el periodo negro de Goya; o en apartados mucho más luminosos, donde la luz es dura pero la cámara se posiciona en un lugar en el que la ternura y la desidia conviven. Un contraste que hace que el personaje de Sergi López (Sirât) –mastodonte en este tipo de papeles– se convierta casi en un ser mitológico.

Lo peor de la película, sin embargo, es el complejo módulo de cine contemplativo que intenta construir a su alrededor. La lentitud y la parsimonia son conceptos clave para esta esencia cinematográfica, pero su repetición conlleva el cansancio del espectador –he de admitir que a mí me llevó a fatigarse en algunos puntos–. Es comprensible que alguien no asiduo a esta quietud se lleve las manos a la cabeza si espera encontrar en La terra negra algo de entretenimiento o de mensaje. Porque esta película no es que busque un mensaje claro ni distraer, sino que se va construyendo a sí misma, en la nada, sin esperar la aprobación de nadie –lo cual, a su vez, puede ser un punto fuerte–.


Lo que está claro es que aquí encontramos un salto de fe. Un golpe sobre la mesa. Morais no se rinde y espera de España y de su cine lo que sabe que puede llegar a ser. Más allá de la ESCAC, la ECAM y las ayudas gubernamentales a títulos que, salvo excepciones como Molt Lluny o Una quinta portuguesa, no crean nada nuevo y se miran al ombligo, esta obra transpira una frescura inédita, rompiendo los moldes establecidos y elevando el estándar creativo nacional. La terra negra fusiona tradición y vanguardia con una naturalidad casi milagrosa. Es imposible mirar atrás después de verla.
«LA TERRA NEGRA», YA EN CINES.


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