Crítica de ‘Minions & Monsters’: Los supositorios amarillos firman su propia (y accidentada) carta de amor al cine.

De vez en cuando, a la gran maquinaria de Hollywood le da por escribirle una sentida carta de amor a su propio oficio. Y, para qué engañarnos, a los cinéfilos nos encanta cuando esto pasa. Después del abrazo íntimo y nostálgico de Steven Spielberg en Los Fabelman (2022), del desmadre festivo y excesivo de Damien Chazelle en, la para muchos incomprendida, Babylon (2022) o del homenaje al cine negro que es Sugar (2024–), lo que nadie esperaba es que los siguientes en sumarse a este club fueran los supositorios amarillos adictos a los petos vaqueros y las bananas.

La declaración de intenciones de esta cinta arranca desde el globo terráqueo de Universal, haciendo un rebobinado cual VHS hasta su iteración gráfica más antigua, para luego dar paso a un logotipo de Illumination animado al estilo de la manguera de goma de Willie y el barco de vapor (1928).
Pero la cosa no acaba ahí, ni mucho menos. Los títulos de crédito iniciales son un gozoso montaje en el que nuestros queridos esbirros cabalgan en El caballo en movimiento (1878), corren junto al perro de Dog Running (1887), boicotean al jardinero de El regador regado (1895), fichan a la salida del trabajo en La salida de los obreros de la fábrica Lumière (1895), esperan en el andén en Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1896), y hacen las veces de satélite en Viaje a la Luna (1902).

Os podéis hacer a la idea, más aún si lo siguiente que veis en pantalla es un recorrido por un museo de cine contemporáneo –con referencias a E.T., el extraterrestre (1982) y Matrix (1999), entre otras– que utiliza el clásico recurso de la historia dentro de otra historia para contarnos el origen de la fama hollywoodiense de estos incomprensibles personajillos a través de una guía y unos atónitos niños espectadores.
En el relato interno no aparecen Kevin, Stuart ni Bob, para desgracia de la chiquillería, que empezará a preguntar desconcertada dónde están los de siempre. En su lugar, tenemos a una tribu diferente de metepatas que, como dicta su código genético, busca a un malo malísimo al que servir y al que, por supuesto, acabarán liquidando por pura e hilarante torpeza.
En este sentido, remando en unas galeras a lo Ben-Hur (1959), nuestras píldoras parlantes inician su accidentado periplo en un primer acto muy divertido, donde se topan con una galería de villanos de saldo: un cíclope (¿Polifemo de La Odisea, eres tú?), un hechicero cuyo atuendo, barba y torreón recuerdan al universo de Fantasía (1940), de Disney, y un largo etcétera de personajes que no incluye, como dice su creador, a Hitler (que cada cual saque sus propias conclusiones).

En su búsqueda de un nuevo amo, acaban metidos de lleno en un atraco ferroviario de altos vuelos que guiña el ojo a Asalto y robo de un tren (1903). Es así como irrumpen en un plató de rodaje del Hollywood de los años veinte y los peces gordos del estudio Bright Brothers –ejem, Warner Bros.– descubren a sus nuevas grandes estrellas (normal: son puro slapstick).

Pierre Coffin (que, faltaría más, vuelve a prestar sus cuerdas vocales ultraagudas a la pandilla) y el coguionista Brian Lynch emprenden así una revisión disparatada del paso del cine mudo al sonoro, con un enfoque que hará las delicias de los cinéfilos adultos y mantendrá entretenidos a los más pequeños de la casa con un desfile continuo de gags. No obstante, a partir de este momento, a la película le cuesta arrancar tantísimas carcajadas como en las aventuras capitaneadas por Gru.
La tragedia llega con la irrupción del cine sonoro. Igual que les ocurrió a Charles Chaplin, la llegada de los micrófonos les hace la pascua a los Minions y al filme en sí. Víctimas del desempleo, el grupo termina dispersándose y da paso a dos líneas argumentales algo inconexas: mientras un trío –James, Henry y Ed, este último el primer Minion no verbal– se empeña en sacar adelante una película de monstruos, el resto de la tribu, liderado por Dick, decide ponerse al servicio de Dort (cualquier parecido con Gort, de Ultimátum a la Tierra (1951), es pura coincidencia… o no), que termina enamorándose de una sufragista. Es en este último acto donde la película frena su experimentación y vuelve a los raíles de la Minion-movie más prototípica, con su monodosis de acción habitual y un desenlace que celebra la magia del cine en los cines.

En definitiva, Minions & Monsters, con una propuesta más ambiciosa de lo habitual, hará que los cinéfilos adultos disfruten como niños y se conviertan, durante hora y media, en el meme de Leonardo DiCaprio señalando la pantalla cada vez que cacen un easter egg. Sin embargo, tanta referencia metacinematográfica puede dejar algo descolgado al público infantil con una comedia que sigue muy presente, pero que no provoca la sonora explosión de risa que cabría esperar de estos adorables agentes del caos.
«MINIONS & MONSTERS», YA EN CINES.



Marta Medina
Directora de mundoCine. Graduada en Estudios Ingleses por la Universidad de Sevilla (US) y con un nivel C2 de inglés. Tomatometer-Approved Critic y miembro del Círculo de Profesionales de las Series Españolas. Amante del cine y seguidora de la temporada de premios y festivales de cine. Ha cubierto festivales de cine como el de Sundance, San Sebastián y Sevilla, y eventos como la San Diego Comic-Con Málaga, además de entrevistar a personalidades como el oscarizado Gints Zilbalodis. En 2024, recibió el premio ASECAN a la Mejor Labor Informativa sobre Cine.
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