Crítica de ‘Mr. Nobody contra Putin’: Talankin contra el nuevo aparato ideológico.

Es de sobra conocido que, tras el estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania, se han desencadenado profundas transformaciones sociales, políticas y económicas. Pero, es en el ámbito social donde mejor se percibe la fragilidad cultural. En este contexto, el cine de propaganda emerge como herramienta instrumentalizada para reclutar, idealizar la figura del soldado, demonizar al adversario y legitimar decisiones tomadas desde despachos lejanos al frente. No sorprende, por tanto, que en los últimos años haya proliferado una amplia producción documental en torno a esta guerra, ya sea para reavivar el ánimo colectivo o para reforzar discursos identitarios y nacionalistas.

En este marco, David Borenstein y Pavel Talankin firman Mr. Nobody contra Putin, largometraje documental que sigue a un profesor (el propio Talankin) decidido a registrar en secreto la progresiva imposición de una agenda nacionalista en el sistema educativo de Karabash, una pequeña localidad rusa. Con el paso del tiempo, el espacio escolar deriva en un centro de captación ideológica contra Ucrania, dejando al descubierto los dilemas morales que atraviesan los docentes ante el avance de la militarización en las aulas.

El relato parte de la mirada entusiasta de Talankin por filmar distintos eventos escolares. Sin embargo, la irrupción de las directrices impulsadas por el gobierno de Vladimir Putin altera por completo esa cotidianidad: desfiles de carácter patriótico, discursos obligatorios contra Ucrania o incluso la presencia del grupo Wagner, que introduce a los estudiantes en el uso de armamento. De este modo, el aula se convierte en un espacio de adoctrinamiento que evidencia hasta qué punto el odio es una construcción cultural, bien para alimentar el orgullo nacional o bien para silenciar cualquier discrepancia.

La película adopta una elasticidad que se ajusta a la evolución de su propio material. En un inicio, el registro responde a una pulsión casi íntima por capturar el día a día de un entorno familiar; más adelante, ese impulso se reformula como una herramienta reivindicativa, centrada en la defensa de la educación y los valores democráticos.
Este carácter aparentemente espontáneo –aunque condicionado por la experiencia directa de su protagonista– refuerza, además, la capacidad del documental como vehículo de conciencia crítica, capaz de trasladar a cualquier espectador una realidad que, pese a su lejanía geográfica, resulta inquietantemente reconocible. Frente al flujo constante de información mediática sobre el autoritarismo ruso, es el lenguaje cinematográfico el que permite una aproximación más íntima y compleja.

Este desplazamiento en la mirada favorece una cercanía especial hacia los niños, auténtico eje del relato y, quizá, germen de futuros escenarios aún por definirse, puesto que la guerra se prolonga más allá de cualquier previsión inicial. Desde el discurso oficial se justifica la necesidad de inculcar animadversión hacia Ucrania como una expresión de lealtad patriótica; sin embargo, Talankin plantea una idea opuesta: proteger a los jóvenes de ese proceso podría constituir una forma más honesta de compromiso con su país.
Así, la película oscila entre la dureza de la tragedia y la humanidad persistente de su protagonista, quien introduce un tenue resquicio de esperanza. Con todo, la propuesta no está exenta de irregularidades: ciertos pasajes resultan poco cohesionados –como algunos monólogos frente a cámara– y determinados cambios formales parecen responder a impulsos ajenos al núcleo del relato, lo que diluye parcialmente su contundencia discursiva.

En conjunto, Mr. Nobody contra Putin, recientemente galardonada en los Óscar al Mejor Largometraje Documental, ofrece una nueva aproximación al enfrentamiento entre Rusia y Ucrania, diferenciada por el enfoque íntimo y arriesgado de Talankin contra el nuevo aparato ideológico. Como obra de denuncia, advierte sobre la inquietante instrumentalización de la infancia al servicio de un nacionalismo deformado, dispuesto a borrar las fronteras entre educación y disciplina militar. No es descabellado pensar que esta forma de manipulación, más silenciosa que otras, pueda constituir una de las herramientas más eficaces –y peligrosas– de cualquier Estado.
«MR. NOBODY CONTRA PUTIN», YA EN MOVISTAR PLUS+ Y FILMIN.


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