Crítica de ‘Naza’ [74SSIFF]: Los sistemas del horror israelí destapados en el documental más importante del año.

Todos hemos oído hablar de los horrores que el Estado israelí está provocando sobre la Franja de Gaza. Todo tipo de medios, redes sociales y portales digitales se han hecho eco de una barbarie llegada de un lugar tan oscuro como secretista. El modus operandi de la IDF en sus ataques sobre objetivos concretos era un misterio sobre el que el gran público solo podía realizar conjeturas. Hasta ahora.
Los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor (No Other Land) han desvelado desde dentro la manera en que funcionan estos sistemas en su nuevo documental, Naza, que se ha estrenado en la sección Perlak del Festival de San Sebastián después de haber obtenido el Premio Especial del Jurado en la Bienal de Venecia.
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La película de no ficción explica con todo detalle ese funcionamiento y pone un fuerte énfasis en la vigilancia ejercida de forma descarada por las fuerzas israelíes sobre cualquier persona que consideren que pueda estar conectada al grupo Hamás. Esto incluye a niños o ancianos, que, con el simple uso de sus teléfonos móviles, pueden estar desvelando datos que acaben con su vida.

Para entenderlo mejor, conviene saber a qué alude el título. Naza es la palabra que utiliza el Ejército israelí para denominar a las víctimas civiles como «daños colaterales». Ante la perversión de los actos que ya todos conocemos (los cineastas hacen bien en no detenerse a mostrarlos), resulta terrorífica la necesidad de inventar una palabra nueva para no enfrentarse a la realidad del dolor que se está causando, como un escudo ante el horror.
Esa vigilancia es, precisamente, el punto central del filme. Para trasladar al espectador la sensación de paranoia constante, los directores entrevistan de forma totalmente clandestina, en las azoteas del skyline de Tel Aviv, a agentes reales de las IDF que relatan, sin revelar su identidad, cómo participaron en los ataques.
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Siendo esta una película exclusivamente de entrevistas, la elección de los escenarios es perfecta. El propio Yuval Abraham lo explica en una de las primeras escenas: «Desde aquí nadie puede vernos, pero nosotros vemos a todo el mundo». Esta sencilla oración resume a la perfección el poder que tienen las fuerzas de inteligencia israelíes y pone en el foco el temor a que cada movimiento pueda ser rastreado.

Resulta también un documental muy valiente, tanto por lo que desvela como por la forma en que el equipo ha asumido las consecuencias de contar la verdad. Los directores han recibido amenazas del Estado israelí (iban a estar presentes en la gala de presentación de la película en el Festival de San Sebastián, pero la organización anunció antes de la proyección de la cinta que no podrían acudir «por motivos de seguridad»). Ante ello, han decidido liberar el contenido para que todo el mundo pueda verlo de forma gratuita, legal y libre.
Esa valentía se extiende, por supuesto, a los soldados que se han presentado voluntarios para testificar. Sus testimonios son la película y definen su tono desde el primer instante: resultan tremendamente aterradores por su crudeza y por la manera tan directa de contar algunos ataques y estrategias de lo más perversas, pero también por hacer consciente al espectador de que está a merced total de estos sistemas.
Porque de eso trata la película: de sistemas, de cómo hasta la muerte más atroz se planifica desde arriba gracias a inteligencias artificiales que mueven los hilos y que no entienden de empatía, de inocencia ni de clemencia. Con todo, estamos ante otra obra en la que es inevitable recordar el concepto de la banalidad del mal de Hannah Arendt, donde a la presencia de los soldados se añaden las tecnologías en un mundo cada vez más controlado y perturbador que nos afecta a todos sin saberlo. Poco a poco, la cinta se va convirtiendo en una auténtica película de terror, con una realidad mostrada sin filtros, que no necesita de las imágenes de los bombardeos ni de las víctimas para impactar, sino que se basta del conocimiento de cómo opera la barbarie.
Por eso resulta un tanto problemático que el final de la película sí muestre algunas imágenes de la Franja, con personas buscando entre los escombros a sus seres queridos, a sus naza. Además de ser imágenes que, tristemente, ya todos tenemos en nuestro imaginario, parece subrayar demasiado el dolor de las víctimas, cuando hasta entonces la película trataba de hacerlo desde la comprensión de cómo funciona el horror de este genocidio, maximizando la impresión a base de obligar a entenderlo.

Pese a ello, es innegable la necesidad y el valor de Naza, un documental profundo, contundente y esclarecedor que obliga a mirar de frente a uno de los acontecimientos más terroríficos de la historia reciente, todavía en curso.
«NAZA» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 9 DE OCTUBRE EN CINES.


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