Crítica de ‘Nino’: Un cuento de fin de semana entre la vida y la muerte.

Al contrario que muchos estrenos, Nino no es una película sobre un conflicto externo, sino sobre algo mucho más difícil de poner en escena: la lucha interna de un joven parisino frente a la idea de su propia fragilidad. En su debut como directora y guionista, Pauline Loquès (La vie de jeune fille) desplaza el centro del relato hacia una experiencia íntima, casi suspendida en el tiempo, donde el motor de la acción no es conseguir algo, sino sostenerse ante lo inevitable: una mala noticia que cambia tu vida.
Para plasmarlo, la película se articula como una carrera contrarreloj, aunque (una vez más) no hacia un destino externo, sino hacia un proceso de asimilación durante un fin de semana. Ese marco temporal tan bien marcado en el montaje funciona como estructura narrativa y también como metáfora: sabemos que terminará, igual que sabemos que algo en el protagonista ya no puede seguir igual cuando llegue el lunes. La pregunta que mantiene al espectador enganchado durante todo el relato no es qué ocurrirá al final, sino en qué estado emocional e identitario se llegará ahí.

En ese sentido, Nino no trata exactamente de la muerte, sino de la forma en que afrontarla reorganiza la manera en la que miras la vida. La enfermedad –el cáncer de garganta– no aparece como motor melodramático, sino como un punto de inflexión discreto, terroríficamente cotidiano. Consecuentemente, la película no dramatiza ni estetiza el sufrimiento, sino que lo usa como detonante relacional.

Uno de sus mayores logros es el equilibrio tonal. Lejos de los lugares comunes del «carpe diem» simplificado o del drama hospitalario convencional, la película se mueve en un territorio intermedio: el de la vida real, con sus contradicciones, su torpeza y su humor inesperado. Hay momentos ligeros, incluso cómicos, que no rompen la gravedad del tema, sino que lo humanizan. Los diálogos y encuentros repetitivos de cada día del fin de semana funcionan como pequeñas sacudidas emocionales, tan entretenidas como reveladoras.

Este mosaico de encuentros, desplazamientos y personajes durante tres días convierte la cinta en un cuento urbano cercano a la fábula contemporánea. Cada día intensifica el anterior, cada personaje aporta una pieza más a ese retrato fragmentado del protagonista que no necesita de voz en off o recursos explícitos para presentarse. El resultado es un crescendo emocional que no depende de ningún giro argumental, sino de la acumulación de miradas, silencios y pequeñas conversaciones. Tal y como ocurre en la vida real.

El reparto sostiene esa delicadeza con una precisión milimétrica. Théodore Pellerin (Lurker) hace honor a su premio César al Mejor Intérprete Revelación con una mezcla en Nino de vulnerabilidad y contención, tan entre la vida y la muerte como el propio guion. Frente a él, la aclamada Jeanne Balibar (Cold War), como su madre, aporta una presencia sólida a esta película independiente, dejando una de las escenas más emotivas del filme con tan solo un primer plano de dos rostros juntos.

Nino funciona, en definitiva, como un cuento de fin de semana entre la vida y la muerte: íntimo, esperanzador sin ingenuidad, honesto sin cinismo. Un relato que no busca respuestas cerradas o un final catártico, sino abrir una nueva manera de mirar la vida en el protagonista y en cualquier espectador que le acompañe tan de cerca durante estos tres mágicos días de su rutina.
«NINO» SE ESTRENA HOY EN CINES.



Rafael Jiménez
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