Crítica de ‘Posesión infernal: En llamas’: La saga Evil Dead abraza la intensidad europea.

Podemos asegurar, con una sonrisa en el rostro, que la saga Posesión infernal (Evil Dead) no tiene una mala película en sus filas. Ni siquiera esa suerte de universo expandido que resultó ser La momia de Lee Cronin. La franquicia de terror y humor negro que inició un joven e inexperto Sam Raimi en 1981 no ha parado de crecer y de reinventarse con cada nueva entrega (sin olvidarnos, por supuesto, de la magnífica serie Ash vs Evil Dead). Ahora, en 2026, podemos afirmar que la saga se ha convertido en una auténtica antología.
Si la primera entrega, un icono de la Serie B con elementos ya clásicos (el grupo de amigos aislados, la cabaña en el bosque y las posesiones demoniacas), combinaba el terror atmosférico con un gran sentido del humor, sus dos siguientes capítulos (Terroríficamente muertos, 1987, y El Ejército de las Tinieblas, 1992), reinventaban el universo para expandirlo: la segunda, desde la conjunción de terror y humor más desquiciante posible; y la tercera, desde el anacronismo y la comedia slapstick.
Ya en el presente siglo, nuevos directores han abordado este universo desde estilos y sensibilidades diferentes: en 2013, Fede Álvarez apostó por un festival de gore en plano detalle y colores saturados; y en 2023, Lee Cronin optó por un horror doméstico que combinaba inteligentemente efectos prácticos y digitales, body horror y chascarrillos. Finalmente, en 2026, Sébastien Vaniček se decanta por una visceralidad inédita y una intensidad de marcado corte europeo.
El nombre del director no nos es desconocido. El cineasta francés debutó en 2023 con La plaga, una película de terror claustrofóbico en la que un edificio parisino era infectado por arañas de gran tamaño y letales. El resultado fue una home invasion arácnida que desarrollaba una tesis sobre la conciencia de clase en espacios urbanos desfavorecidos. Ya entonces demostraba virtuosismo con la cámara y la luz, pero la apuesta de Posesión infernal: En llamas es aún mayor.
Vaniček parte de una premisa que remite a la producción de Lee Cronin. Aquí conocemos a la familia Price, de buena apariencia (son dueños de un restaurante exitoso) pero con demasiados secretos que ocultar. Nos adentramos en su dinámica a través de los ojos de Alice (Souheila Yacoub), la mujer del hijo mayor de la familia, Will, quien la maltrata durante la relación. Tras la repentina muerte de este, Alice se encuentra en conflicto consigo misma y con el resto de la familia: por un lado, lamenta la muerte de su esposo, pero por otro, siente un gran alivio. La situación se complica cuando debe pasar el luto en la vieja casa familiar de sus cuñados, donde descubrirá que las relaciones de maltrato son cosa de familia.

El director aprovecha este contexto dramático y las violentas dinámicas familiares como propulsor para el terror, que está presente desde la primera secuencia. Como es tradición en la saga, los miembros de la familia serán poseídos uno a uno, desatando el caos y provocando muertes tan salvajes como creativas. Sin embargo, Vaniček propone algo nuevo: los poseídos ya no son zombies descerebrados, sino entidades con un objetivo concreto (que no revelaremos), capaces de razonar entre ellos y con los protagonistas. Este atrevido cambio provoca que las interacciones entre los personajes se vuelvan, si cabe, todavía más retorcidas. Un claro ejemplo es el personaje de la madre (magníficamente interpretada por Tandi Wright), quien disfruta de un arco evolutivo y dramático inaudito en la franquicia gracias a esta nueva incorporación.

A pesar de las innovaciones, Vaniček hereda varios de los tics formales y narrativos de la saga, empezando por la localización: una casa enorme y en descomposición (analogía más que evidente de la familia protagonista, en la que Alice se siente una intrusa) que servirá de escenario para casi todas las set pieces de la película.
La estructura se articula en torno a las distintas posesiones y enfrentamientos, manejando las pausas y los estallidos de violencia con una habilidad que denota un trabajo de guion y ritmo muy elaborado. También mantiene el gusto por el gore, apostando por los prostéticos y efectos prácticos y mejorándolos con CGI, reservando los efectos digitales al completo únicamente para su clímax.

Donde el cineasta se distancia de la anterior obra de Cronin es al emplear una cámara en mano nerviosa en busca de detalles: miradas, gestos, heridas, armas o utensilios que más tarde cobrarán importancia (atención a los sacacorchos, a los lavavajillas y al cortacésped; avisados estáis).
Este uso del plano detalle funciona como dispositivo en secuencias de diálogo de gran tensión, como la angustiosa y violenta comida familiar. Por el contrario, cuando la acción toma el protagonismo, la cámara gana distancia para desarrollar una increíble coreografía de cuerpos destruyéndose los unos a los otros. Encontraremos desde secuencias de acción ejecutadas desde el montaje hasta momentos de planos sin cortes, con una planificación excelsa.

Esta dirección apuesta por una intensidad terrorífica y dramática que apenas deja espacio para el característico humor de la saga. Se podría comparar, dadas las raíces francesas del director, al extremismo francés (películas como la Alta tensión de Alexandre Aja) por la visceralidad de sus imágenes en combinación con el drama que sufren sus personajes. Visualmente, la cinta juega con una escala de grises que, finalmente, da paso a colores cálidos y agresivos que acentúan, todavía más, la violencia.
Si bien hay cierto alivio cómico, como es el personaje de la abuela, que permite distanciarse de las barbaridades que suceden en pantalla, la brutalidad de Posesión infernal: En llamas hace que su extrema violencia pase algunas barreras, tal y como sucedía en el mencionado movimiento cinematográfico francés. Esto plantea una cuestión: ¿qué propósito cumple una película de Posesión infernal que no busca divertir al espectador con su violencia y sus muertes? Si eliminamos el componente camp, solo queda el sadismo. Por suerte, esta sensación no termina imponiéndose, ya que en su última set piece logra distanciarse con algo más parecido a Terminator que al cine extremista.

En conclusión, Posesión infernal: En llamas peca de ser muy ambiciosa en cuanto a intensidad y excesos (principalmente en la duración, llegando a acumular dos prólogos, dos epílogos y, atención, dos escenas post créditos). No obstante, destaca, y mucho, dentro de la saga por el cambio tonal, la creatividad de su dirección y las estupendas interpretaciones del reparto principal. Souheila Yacoub (Dune: Parte dos) es ahora una gran final girl dentro del universo de Evil Dead. Esperamos volver a verla como Alice en el futuro.
«POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS», EN CINES ESTE VIERNES.



Enrique Constans
Licenciado en cine documental por la ECAM, donde realizó varios cortometrajes en calidad de director, guionista y montador. Además, ha estudiado guion y crítica cinematográfica y dirigido y escrito varios cortometrajes. Actualmente se dedica tanto a la escritura de ficción como a la docencia de Historia del Cine en la UNED. Ha cubierto el 73.º y el 74.ºFestival Internacional de Cine de San Sebastián como prensa acreditada para mundoCine.
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