Crítica de ‘Rental Family’ (‘Familia de alquiler’): Un drama amable sobre la soledad.

Por extraño que pueda parecernos desde nuestra perspectiva occidental, el servicio de «familias de alquiler» surgió en Japón a principios de la década de los 90. Este recurso ofrece actores que interpretan amigos, familiares o compañeros de trabajo para distintas clases de eventos, o simplemente para brindar compañía platónica al cliente. De este modo, satisface necesidades afectivas y sociales de cualquier individuo nipón, aunque también subraya la fragilidad de las relaciones, el deseo por encajar en la sociedad y, sobre todo, la necesidad de aliviar emociones negativas mediante la ficción en un contexto que estigmatiza los problemas psicológicos. Todo ello resuena de manera evidente en Rental Family (Familia de alquiler), el último largometraje de Hikari (Bronca).

Ambientada en el Tokio actual, la película sigue a Phillip, interpretado por Brendan Fraser (Los asesinos de la luna), un actor estadounidense instalado en Japón, que consigue un trabajo poco convencional: formar parte de una agencia de familias de alquiler. A medida que se introduce en las vidas de sus clientes, comienza a establecer vínculos genuinos que difuminan los límites entre la actuación y la realidad. Especialmente con Mia (Shannon Mahina Gorman), una niña sin padre, y Kikuo (Akira Emoto), un veterano intérprete caído en el olvido.

Desde el inicio hasta su cierre, la narrativa mantiene un aroma feel good, transmitido en gran parte por la presencia de Fraser, cuya interpretación resulta entrañable y fácil de empatizar. Este es un personaje (casi) sin fisuras, y de gestos amables, a quien solo se podría señalar por fingir papeles que no le pertenecen. En cambio, los personajes secundarios muestran debilidades más explícitas, que encuentran equilibrio mediante la calidez del protagonista. A pesar de este diseño básico de personajes y la configuración superflua de sus principales arcos, la cineasta japonesa logra componer una historia conscientemente accesible para abrazar al público general.

La película saca partido de su premisa a través de dos aspectos principales: en primer lugar, Tokio se muestra radiante, con una luz limpia y naturalista que resalta la arquitectura, los espacios y los colores, contribuyendo a un tono emocional coherente con la narración; en segundo lugar, el guion, asentado sobre principios claros y convencionalismos predecibles, asegura la comodidad y el disfrute del espectador, sin renunciar al encanto del relato. Así pues, esta ligereza se convierte en una fortaleza para transmitir un mensaje sobre la importancia de las relaciones interpersonales y su impacto en nuestra salud mental, más allá de fronteras culturales. Todo ello inscrito en el marco de la comedia dramática, guiado por una puesta en escena despojada de artificios –pero correcta– para comunicar lo que requiere cada una de las secuencias que componen la obra.

Dicho esto, no deja de ser una lectura superficial de esta clase de servicio. Por ejemplo, la mirada occidentalizada –fruto de una coproducción entre EE. UU. y Japón– impera sobre este contexto oriental. Véase al propio Phillip, rodeado de japoneses que, pertinentemente, conocen muy bien su idioma. O bien las fingidas relaciones paterno-filiales, tanto con Mia como con Kikuo, que siguen arquetipos que justifican la redención del protagonista. Con todo, inevitablemente, y como se ha indicado anteriormente, la evolución general se sostiene sobre una fórmula básica, aunque favorecida por su cordial envoltura.

En suma, Hikari firma con Rental Family una comedia dramática tan efectiva como efectista, a partes iguales, capaz de dibujar una sonrisa gracias a sus simpáticos personajes, inmersos en la metrópolis de Tokio, bellamente filmada con una técnica impecable y resolutiva. El mayor acierto es la presencia de Brendan Fraser, quien sostiene el encanto del film a partir de su carisma actoral. Este es un drama amable sobre la soledad, que ensalza el poder de la ficción como refugio emocional.
«RENTAL FAMILY», YA EN CINES.


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