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Crítica de ‘Último adiós’ (‘Azken agurra’) [74SSIFF]: El trápala que odiamos y, sin embargo, todos llevamos dentro.

El protagonista masculino de 'Último adiós' ('Azken agurra') mirando con melancolía a un pez naranja dentro de una pecera.
© SSIFF

«Persona falsa y embustera, que habla mucho y sin sustancia». Así define la RAE el adjetivo coloquial «trápala», que tan bien se aplica al protagonista de Último adiós (Azken agurra). Es una pena que la segunda película del cineasta vasco Koldo Almandoz se presente en la Sección Oficial fuera de concurso en la 74.ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, porque su afilado estudio de este tipo de personaje bien podría haber sido candidato al premio al Mejor Guion. ¿Su gran logro? Conseguir que el público no solo entienda, sino que también apoye a un perdedor tóxico… e incluso se reconozca en él.

Este personaje cobra rostro en pantalla gracias a Iñigo Azpitarte (La infiltrada), que da vida a un organizador de funerales civiles con problemas de alcohol, de dinero y de relaciones. El mejor halago que puede hacerse a su interpretación es que resulta tan natural que parece no estar actuando, algo aún más difícil cuando se entrega literalmente en cuerpo y alma a situaciones profundamente ridículas, que consigue volver vergonzosamente reconocibles. ¡Y sin que lleguemos a odiarlo por provocarlas!

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Aunque es apenas su segundo papel protagonista, diez años después de 86 Fahrenheit, Azpitarte demuestra un finísimo dominio del tono satírico, un equilibrio que comparten la dirección y el guion. La película no convierte a su mentiroso en una caricatura ni se pasa de rosca por el bien de la comedia, pero tampoco cae en el retrato sentimentaloide que lo justifique o lo presente como víctima de sus circunstancias. Lo que sí consigue es ahondar en este interesantísimo personaje lejos del moralismo, desde esa compleja zona gris que supera el estereotipo hasta interpelar a cualquier español.

Los dos personajes de 'Último adiós' ('Azken agurra') compartiendo un momento íntimo en el centro de una lúgubre y solitaria oficina.
© SSIFF

La tiza de este dibujo moral la tiene el guionista y director Koldo Almandoz. Curtido en multitud de cortos, su segundo largometraje presume de una dirección tan bien puesta en su lugar como su afilado guion: no hay ningún encuadre mal compuesto, no sobra ni uno de sus 90 minutos y ninguna frase llega a destiempo o resulta redundante. Almandoz sabe contarlo todo con imágenes, algunas tan crudas y potentes como esos atrevidos desnudos frontales que dicen más sobre el personaje que cualquier soliloquio.

La primera vez que se presenta a este trápala, cumple formalmente con sus clientes. Después, unos planos bastante socorridos en el metraje marcan el camino hacia su oficina con un descenso de la luz a la oscuridad. A partir de ahí, la fotografía ilumina los ambientes según el estado anímico de los personajes, y los bajos fondos y tugurios por los que se mueve el protagonista lo definen tanto como la manera de encuadrarlo, aislado socialmente gracias a una inteligente puesta en escena. Incluso el montaje sabe jugar con las pausas y los acelerones para darle a la historia un ritmo emocional (ojo a esa fantástica secuencia de clientes yuxtapuestos).

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Así se muestran las luces y sombras de una persona que transita entre lo laboral y lo personal, entre la gente y su propio interior… y, al final, como manda su trabajo, entre la vida y la muerte. Curiosamente, se encuentra más cómodo en lo segundo que en lo primero. Ya en su anterior película, Ciervo (Oreina), Almandoz presentaba personajes que vivían entre un mundo y otro, en aquel caso la ciudad y las afueras o el mar. Aquí sorprende cómo una persona tan dañina para los vivos puede hacer tanto bien honrando a los muertos.

Y, como manda el cine, esa dualidad se cuenta a través de imágenes. Tan solo hay un monólogo, a cargo de otro personaje, en el que el director se permite explicar cómo la cercanía o comprensión de la muerte cambia nuestra forma de ver la vida, y es el único momento en el que se invita al espectador a reflexionar sobre el posible trauma del protagonista. Pero cuidado, porque el libreto renuncia a la sobreescritura y esa explicación no es para nada el objetivo del film.

El protagonista de 'Último adiós' ('Azken agurra') sentado con expresión de preocupación, flanqueado por las figuras de dos hombres musculosos.
© SSIFF

La brújula que hace avanzar la trama es la misma que puede destruir una sociedad (como advertía hace poco La odisea, de Nolan): la decadencia moral. Al final, lo que mueve al trápala es la codicia. Todo el mundo desea algo, pero lo que vuelve tóxico ese sentimiento es querer quedarse con lo deseado solo para uno mismo, convertir todo lo bueno que te da la vida en una masturbación (algo que el protagonista hace, literal y metafóricamente, en una escena resuelta con un corte de montaje sublime). La película no muestra esos deseos como buenos o malos en sí mismos, ya sea el dinero, el amor de una hija, un coche o un saludo; lo que los pervierte es su mal uso, esa codicia que acaba definiéndolo.

Dicho así, la tesis suena elaborada, pero la película no la presenta con esa gravedad, sino a través de una comedia no desternillante, pero sí mordaz. Todas las subtramas ejemplifican las ramificaciones de esta codicia con maravillosos, y para nada redundantes, ejemplos, y cada gag funciona porque está medidísimo. Tras una sucesión de ellos, con la aparentemente difícil tarea de cerrar el relato sin caer tampoco en lo estereotípico, llega ese fantástico final. Es arriesgado, porque no resulta placentero, pero una vez más logra transmitir un mensaje muy potente con una sola frase y una sola imagen.

La protagonista femenina de 'Último adiós' ('Azken agurra') observando concentrada el interior de un acuario.
© SSIFF

Entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte: así de confusa y paradójica es la línea por la que se mueve la codicia en todos los personajes de esta película… y de este mundo. Koldo Almandoz expone en Último adiós (Azken agurra) las miserias del ser humano, pero con empatía y sentido del entretenimiento, en un afinadísimo estudio de personajes que combina la profundidad del buen cine con esa socarronería tan nuestra en la que cualquier espectador español podrá verse reflejado.

«ÚLTIMO ADIÓS» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA PRÓXIMAMENTE EN CINES.


Nota:
4/5
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Escrito por:
Rafael Jiménez

Rafael Jiménez

Comunicador audiovisual y periodista cultural especializado en la redacción de cine, sobre todo de actualidad, para disfrutar y hacer disfrutar. Vive dentro de una sala de cine. 'Cinema Paradiso' es su biopic y los festivales de cine son sus parques de atracciones. Ha entrevistado a su director y a su actor favoritos (James Wan y James McAvoy). En una entrevista, le dio la mano a doña Helen Mirren, mientras bromeaba con Lucy Liu y Rachel Zegler.