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Crítica de ‘Un taxi en Tokio’: Una simple road movie hacia rumbos ya conocidos.

Fotograma frontal desde el parabrisas de Un taxi en Tokio. Muestra al conductor sonriendo levemente a la izquierda mientras la mujer anciana va en el asiento del copiloto mirando al frente con expresión tierna y pensativa.
© A Contracorriente Films

A sus 94 años, el maestro del costumbrismo japonés, Yōji Yamada, demuestra que la veteranía en el cine no tiene por qué ser sinónimo de cansancio. Una vez más, el cineasta filma manteniéndose fiel al humanismo del shomin-geki, centrado en retratar con empatía las rutinas, penurias y alegrías de las clases trabajadoras y las familias humildes de su país. De este modo, su filmografía equilibra la melancolía y la comedia ligera mediante una narrativa visual clásica, pausada y transparente –heredera de creadores como Yasujirō Ozu– que prioriza la emoción de los actores frente al artificio técnico, ya sea en sus dramas urbanos contemporáneos o en sus películas de samuráis desmitificados. En esta ocasión, esa mirada testamentaria se filtra en Un taxi en Tokio, una adaptación libre de la producción francesa Un paseo con Madeleine (2022).

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La historia arranca cuando Koji Usami (Takuya Kimura), un conductor agobiado por las deudas, acepta trasladar a Sumire Takano (Chieko Baishō), una entrañable anciana de 85 años, hacia la residencia de mayores donde pasará sus últimos días. Durante el trayecto, la mujer le pide desviarse de la ruta para visitar diversos rincones significativos de la capital nipona. A través de este itinerario, la protagonista rememora distintos eventos de su juventud, amores perdidos y secretos del pasado, forjando entre ambos desconocidos un vínculo transformador.

Escena en un parque de la película Un taxi en Tokio. El conductor y la anciana están sentados de perfil en un banco de madera; ella mira fijamente a la cámara con seriedad mientras él mira hacia adelante.
© A Contracorriente Films

Este planteamiento recoge los cánones esenciales propios de una road movie: el trayecto conduce a una evolución personal, convirtiendo al vehículo y a los paisajes urbanos en dos personajes más. Sin embargo, más allá de utilizar estos ingredientes básicos del género, esta especie de Paseando a Miss Daisy (1989) asiático supone una promesa incumplida respecto a su prometedor inicio.

Los delicados, límpidos e inmóviles planos contienen un valioso ritmo interno para definir a las figuras de la trama y presentan una intencionalidad sobria en la dirección. Esto anticipa la intimidad resultante del coche, haciendo de este un confesionario sobre ruedas; por desgracia, la contención emotiva de sus protagonistas acaba diluyéndose ligeramente por las ventanillas.

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Como es de esperar en este tipo de relatos, la relación entre ambos vive una suerte de simbiosis compasiva que los ayuda a superar sus respectivas crisis. De hecho, es indiscutible que los intérpretes dotan de una simpatía natural a su dinámica, apoyándose en la sencilla puesta en escena de Yamada. En sus conversaciones, recuerdan hitos vitales como el primer amor, la familia o el trabajo, vertebrando una estructura cohesionada en definidos bloques temáticos, aunque en el fondo transitan por escenarios y problemáticas trilladas, guiando la trama hacia un desenlace previsible que resta parte del peso dramático buscado.

Fotograma de la película Un taxi en Tokio. Una mujer mayor vestida con un abrigo magenta camina junto a unos muros de piedra sosteniendo una maleta, mientras un hombre anciano con sombrero la observa desde atrás sosteniendo unas llaves.
© A Contracorriente Films

Aquí, las vivencias individuales confluyen con la memoria histórica del Japón del siglo XX. Para ello, el film se sirve de insertos pictóricos de colores descarnados, con tonos rojos y negros vivos que capturan el infierno y el trauma colectivo del devastador bombardeo estratégico sobre Tokio el 10 de marzo de 1945 por parte de los B-29 estadounidenses; asimismo, recurre al metraje de archivo para evocar la repatriación de los coreanos tras la Segunda Guerra Mundial. La película abraza estos recursos de forma eventual para enriquecer visualmente las estaciones que recorren la mente de Sumire, pero estos elementos acaban tomando un cariz tonal que rompe la linealidad presentada hasta esfumarse.

A esto se añaden unos flashbacks subrayados a partir del tratamiento de la imagen. La insistencia en distinguir a qué período o estado emocional refiere cada escena resiente la seriedad de partida, adquiriendo por momentos una ingenua forma narrativa –por ejemplo, en los pasajes románticos, envueltos en una textura pastosa con grano suave, tonos pastel y contornos difuminados– con el presumible propósito de sobreapelar a una sensibilidad ya construida en la narración. Igualmente, en el tiempo presente, la iluminación no esconde unas intenciones del todo remarcadas; muestra de ello es la explícita luz cálida que crece ante las escenas nostálgicas o, por el contrario, la oscurecida atmósfera que se impone ante las confrontaciones personales decisivas.

Primer plano interior del protagonista de Un taxi en Tokio conduciendo de noche. Se le observa con un semblante serio y pensativo a través del parabrisas delantero.
© A Contracorriente Films

En suma, Un taxi en Tokio es un intento por destacar los lazos afectivos dentro de la sociedad nipona. Este viaje sobre el asfalto pretende ser una lección existencial, donde el realizador entrelaza las cicatrices colectivas, la vejez y los encuentros fortuitos. Por este motivo, lo que inicialmente se muestra como una propuesta valiosa en su sencillez, respaldada por un fructífero dúo protagonista, acaba convirtiéndose en una simple road movie hacia rumbos ya conocidos.

«UN TAXI EN TOKIO», YA EN CINES.


Nota:
2.5/5
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Escrito por:
David Roger Juan

David Roger Juan

Diplomado en montaje por la ECAM y realizador de cortometrajes en Lucky Road Films. Actualmente, compagina las tareas de crítica y realización cinematográfica con el oficio de la psicología.