Crítica de ‘Vivir la tierra (‘Living the Land’): Sufrir la tierra.

Segundo largometraje del director chino Huo Meng (Guo Zhao Guan), presentado en la pasada edición de la Berlinale y premiado con el galardón a la Mejor Dirección de la Sección Oficial, Vivir la tierra narra la historia de un paisaje rural y una familia dedicada al cultivo en los años 90, desde los ojos de un niño llamado Chuang.
De tintes autobiográficos, pues el director tenía la misma edad que el protagonista en la época en la que transcurre la acción, la obra se enmarca en la zona campesina de Henan, donde los padres de Chuang le dejan con su familia no biológica para emigrar a la ciudad y prosperar económicamente. Con esto, se alterna el documental etnográfico y un retrato intimista y costumbrista, en ocasiones narrado en voz en off, que nos acerca a los temores, la identidad y los ritos tradicionales de manera infantil e inocente, además de un distanciamiento de cámara –grandes planos generales junto a largas y pausadas escenas– que nos permite hacer una radiografía geográfica gracias a todos los personajes que retrata.

La dirección de fotografía de Guo Daming (Caminos del alma), especialmente formal y poética, da prioridad a los ya mencionados extendidos y contemplativos planos, que establecen una conexión con la rutina regida por el calendario lunar y la cotidianidad, así como por la naturaleza y la tierra, que marcan el ritmo temporal. El silencio, así, se arraiga a los planos y las dificultades que atraviesan los personajes revelan una tensión ante el terreno pobre en el que conviven. Es relevante subrayar la ausencia de elipsis o clímax narrativos, ya que las acciones se sostienen por sí solas, ocupando el espacio e imponiendo el paso de la vida.

Meng nos sumerge también en la psicología del niño, entrando en su mundo onírico, algo que no termina de germinar y nos saca del retrato social. Además, este funciona de forma general sin adentrarse en personajes concretos o sentimientos; por este motivo, la cámara se aleja siendo un testigo silencioso que acompaña y mantiene las emociones sin caer en el dramatismo.

El guion se desarrolla con naturalidad, ironía y ternura, cualidades ejemplificadas en los momentos en los que el niño y la bisabuela comparten escena. Igualmente, hay que mencionar al gran reparto coral de actores no profesionales, que añaden humanidad a la cinta.
En este paraje se recoge la herencia del director japonés Ozu, debido al retrato de una familia y una intimidad que sirven de reflejo universal de una época. Cabe señalar una sutil crítica social al sistema político que Meng lleva a cabo en escenas significativas, como la celebración del matrimonio o el curioso pago de la matrícula del colegio, muchas de ellas enlazadas con la tradición y la cultura que evidencian la memoria que resiste a la llegada de la industrialización y el progreso. Sin embargo, tampoco muestra un compromiso social tan arriesgado como el que podemos encontrar en Jia Zhangke (A la deriva).
![Crítica de ‘Rose of Nevada’ [AMFF16]: Hipnótica y fascinante.](/uploads/2026/08/rose-of-nevada-critica.webp)
Vivir la tierra inicia y termina con un entierro. De esta manera, se muestra el final de un periodo de manera realista. Así, vemos las cenizas de la bisabuela volcadas de manera accidental y truncadas por la tierra y el viento, que devuelven lo sembrado al lugar que tanto han cultivado y labrado.

Para ultimar, el final enlaza con la desaparición del mundo rural y la tradición mientras la modernización avanza y «lucha» contra el curso de la naturaleza y contra una comunidad que no puede preservarse. Los versos del poema Profecía al campesino de Miguel Hernández se enraízan con este metafórico y trágico cierre: «Escaso en todo y abundante en nada, / el florido lugar de regadío / se torna de secano. / A ras de amarillo nacimiento / se queda la simiente, / sin el cuidado atento / de tu nocturna y descuidada mano». La tierra, que parecía dar propósito y sustento durante toda la obra, termina por dispersar lo poco que les quedaba a sus habitantes.
«VIVIR LA TIERRA», YA EN CINES.


Sigue leyendo...

El palmarés de la Seminci 2026: ‘Dao’, de Alain Gomis, se lleva la Espiga de Oro con la historia de una boda en Francia y un funeral en Guinea-Bisáu.

El Festival de Sevilla 2026 pone a la venta sus entradas, y estas son las 15 películas que no te puedes perder, de la Palma de Oro ‘Fjord’ a la Carmen más animada.

Crítica de ‘Matar a un oso’: Los hermanos Sánchez-Cabezudo reescriben las reglas del thriller español con una historia que va mucho más allá del crimen.

Crítica de ‘Wildwood: El bosque salvaje’: La película del año se construye como una obra atemporal que habla tanto de la artesanía en sí como de sus propios temas.

Thierry Frémaux recibirá el Giraldillo de Honor en el Festival de Sevilla 2026.

Sandra Sánchez, cuya historia llega al cine con ‘Karateka’: «La mente te dice que no mucho antes de lo que de verdad el cuerpo puede soportar».

Crítica de ‘Karateka’: El admirable blockbuster sobre una Indiana Jones de Talavera de la Reina.

Javier Giner, director de ‘Esta soledad’: «'Yo, adicto' era yo en un festival de música; 'Esta soledad' soy yo un domingo en casa».

Crítica de ‘Esta soledad’: Una relación desde sus ausencias.
![Crítica de ‘Cartas de Estado’ (‘Yellow Letters’) [71Seminci]: Precisa disección de la represión política como dinamita familiar.](/uploads/2026/10/cartas-del-estado-yellow-letters-2026-critica.webp)

