Crítica de ‘We Believe You’ [22SEFF]: Hasta que la evidencia sea el cadáver.

Este año, las certezas han sido vetadas del cine. Los domingos o Caza de brujas, por citar solo dos títulos, son películas en las que un discurso anfibológico impele al espectador a salir de la sala con las manos vacías. Por supuesto, ni Alauda Ruiz de Azúa ni Luca Guadagnino han patentado la ambigüedad. Tampoco lo hizo Akira Kurosawa con Rashomon. En cambio, los últimos estrenos parecen chocar con una pared de prejuicios, levantada por el público, que vuelve aún más interesante su mensaje. Las interrogaciones que dibuja su guion son desvanecidas a puñetazos por un espectador que tomó asiento en la butaca decidido a disfrutar de una película determinada. Y, cuando esta no es la que ve proyectada ante a él, lo invade el pánico a la desorientación. El terror a que, en un mundo de convicciones inquebrantables, a uno aún puedan hacerle cambiar de opinión.
We Believe You no pertenece a esta familia: en su guion no se juega a alimentar una posición y la contraria, con el objeto de subrayar que la verdad está pasada de moda. Al contrario, en este largometraje belga, dirigido por Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, y Mejor Ópera Prima en el Festival de Berlín, uno no tarda en comprender que hay más camino que el laberíntico callejero moral posmoderno. Lo anómalo en We Believe You comienza con su duración: menos de hora y media, en la que asistimos a la cita judicial de unos padres por la custodia de sus dos hijos.
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El primer plano desempeña un papel esencial en We Believe You. No es una elección azarosa u orientada, simplemente (como ocurre, por ejemplo, en The Bear), a lubricar la trama con el dramatismo de unos intérpretes que, cuando gritan o lloran, lo hacen con cada célula de su piel. En esta película, la tipología visual acota la perspectiva hasta lo individual: ver más allá es, literalmente, imposible. Las virtudes narrativas del primer plano, de costumbre, limadas hasta el hueso, resurgen en We Believe You, como lo hacían en otro estreno reciente de argumento similar, La tutoría. En ambos casos, la óptica del espectador se ve focalizada sobre la madre del niño, sombra trágica que sobrevuela la película. En La tutoría, al niño en cuestión ni siquiera llegábamos a verlo; en We Believe You, su rostro aparece por primera vez cuando el desenlace está próximo.

En el escueto metraje de We Believe You conviven asuntos perfectamente perfilados que, en películas de mayor duración, apenas sí llegan a esbozarse. Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys aplazan el motivo por el cual el hijo de la protagonista (una excepcional Myriem Akeddiou) se niega a ver a su padre. Que, en lugar de abordarlo directamente, la abogada de la defensa o el letrado que se ha entrevistado con los hijos de la pareja prefieran centrarse en cuestiones baladíes y hasta cierto punto cómicas expone a una administración fallida e impotente.
No parece casual que tanto las abogadas de ambos padres como la jueza sean mujeres y, sin embargo, la gestión del caso se antoje más inclinada hacia el padre, contra el que no puede demostrarse nada, porque, de lo que se le acusa, y como dirá la protagonista, «no hay testigos porque no podría haberlos». Especialmente elocuente es el primer plano de la abogada de la defensa (uno de los únicos que tenemos de ella) cuando escucha el demoledor testimonio de la madre: se nos muestra, por primera vez, a un ser humano desmoralizado, y no a un frío instrumento del sistema judicial al que está obligada a nutrir con su conocimiento de la ley.

Quizá la única ambigüedad de We Believe You resida en el título: ese «nosotros» que alude a la sociedad, pero en modo alguno al Estado de derecho que conforma, y para el que una creencia carece de valor. También cabe suponer cierto tono paternalista en tal muestra retórica de apoyo, pues no es más que eso: una palmada en una espalda sobre la que seguirán acumulándose las heridas, y habrán de envejecer las cicatrices sin que nadie le ponga remedio. We Believe You no incita, como la elogiable miniserie Creedme, a una demostración de confianza: en todo momento, la madre se sabe creída, pero también abandonada por un sistema (quizá necesariamente) desposeído de humanidad y forzado a hurgar en las llagas, aun a costa de verter con ello más sangre.
Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys son lo suficientemente inteligentes como para no exigir, con su película, una justicia que prescinda de las evidencias, las pruebas, lo palpable; una justicia que «crea». En su lugar, prefieren mostrar el desamparo de las víctimas, cuya tragedia no deja tras de sí un reguero de huellas, y para quienes ser creídas o, acaso, escuchadas supone el horizonte más benévolo al que aspiran.


Todo esto lo expone We Believe You con fuerza, energía y convicción en sus propias ideas, pero también con la misma noción de su propia inutilidad que irradia la jueza del largometraje cuando, al final de la reunión y ya a solas, esconde su cabeza entre las manos. Ni siquiera puede permitirse el veredicto de la compasión, cuando quien lo emite participa en la prolongación del drama familiar. No se regodea la película, en absoluto, en la indulgencia, y tres frases, en su desenlace, le sirven como acre broche de oro: «Nadie nos cree», se lamenta la madre, a lo que su abogada responde que ella sí lo hace. «Lo sé», responde la protagonista, «pero eso no cambia nada».
«WE BELIEVE YOU» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CINE DE SEVILLA.


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