Crítica de la serie ‘Carrie’: Una reimaginación contemporánea de la novela de Stephen King hecha a la medida del público young adult y de la generación Z.

«¿Crees saber lo que pasó en el baile de graduación?». La pregunta del millón llega al final del episodio inaugural, en una secuencia con unas inconfundibles hechuras de true crime –testigos a cámara incluidos–, y no interpela tanto a ningún personaje como a nosotros, los espectadores escépticos que nos acomodamos en el sofá, como poco, con la mosca detrás de la oreja frente a la enésima (cuarta, para ser exactos; quinta, si contamos la infame secuela de 1999, que mejor no) traslación del debut literario de un por aquel entonces desconocido Stephen King.
Y claro que creemos saberlo, faltaría más. Acudimos al prom con los deberes hechos, dispuestos a rememorar los traumas de rigor: el primer periodo bajo la ducha del vestuario, la humillante lluvia de tampones y compresas al grito de «¡Que se tape!» y, por encima de todo, ese cubo de sangre de cerdo (spoiler con fecha de caducidad vencida) que corona como reina del baile a la muchacha que da nombre al libro. Medio siglo de cultura popular nos ha grabado estas imágenes a fuego (nunca mejor dicho), y toda relectura está obligada a vérselas con ellas. Pero respirad tranquilos: el álbum de grandes éxitos está al completo, y la ficción hasta se permite guiñarle un ojo a Brian De Palma en el 1×08, para regocijo de los devotos (¿y quién no lo es?) de la insuperable película de 1976.
Esta vez quien reparte las coronas es Mike Flanagan, el favorito indiscutible de Stephen King, que ya había adaptado al autor de Maine ciñéndose al texto en El juego de Gerald (2017), Doctor Sueño (2019) y La vida de Chuck (2024), y que tiene en la recámara La niebla y La torre oscura (palabras mayores). En esta ocasión, sin embargo, el director y showrunner se ha decantado por el formato seriado y la reinvención desacomplejada, tan suya, que ya vimos en La maldición de Hill House (2018) y La caída de la casa Usher (2023). La gran incógnita era cómo le sentaría semejante tratamiento al material fundacional del rey del terror.
Las diferencias empiezan pronto, ya en los primeros minutos, cuando el padre de Carrie, un conspiranoico ultralibertario al que en la novela ni siquiera llegaba a conocer, la palma (saludos, Brian) en un estrambótico accidente en la obra en la que trabaja. Solo entonces descubren los servicios sociales que aquel compañero tan huraño tenía mujer y una hija de quince primaveras, a las que encuentran hechas un ovillo en el armario donde rezan. Así las cosas, Carrie, que no ha puesto un pie en un aula en su vida ni ha leído más libro que la Biblia (bueno, salvo las novelas que una vecina le pasaba de estrangis, culpables de su voracidad lectora), que se cose su propia ropa y que no ha tocado un ordenador ni por casualidad –de las redes sociales, ni hablamos–, acaba matriculada como la nueva de la clase en el instituto Ewen (el de la novela, nada del Bates High School de De Palma). Lo que viene siendo llevar al cordero directamente al matadero.

Con estas cartas sobre la mesa, Flanagan se pregunta qué sería de Carrie White en pleno 2026, y la respuesta deja claro dónde está el verdadero horror de la serie: no en la telequinesis, los litros de sangre o los muertos (doscientos, ni uno menos), sino en el acoso de la era digital, que, además, a diferencia de los poderes, es muy real. La propia postal del instituto ya choca de frente con la de King: detectores de metales en la entrada, simulacros de tirador activo en el calendario escolar, adolescentes con el encefalograma plano frente al móvil y una despiadada cuenta anónima de Instagram –inspirada en un caso real que sacudió Albany, California, en 2017– que hace las veces de verdugo. Carrie es, evidentemente, la que se lleva la peor parte (imaginaos la escena de las duchas, que ya de por sí es tremendamente cruel y como para que te trague la tierra, grabada en vídeo y viralizándose de móvil en móvil a la velocidad de la luz), pero cualquier otro alumno, y hasta profesor (atención al claustro, con Matthew Lillard y Amber Midthunder), corre el riesgo de convertirse en el próximo blanco de los posts de @carriered_.
Al cambio de época –todo un acierto, porque ¿quién necesita otra Carrie calcada cuando la de De Palma sigue siendo la reina del baile?– se suman más libertades, empezando por los personajes. ¿Recordáis a aquella chica encogida, traumatizada y con miedo hasta de su sombra? Pues olvidadla (o casi). La Carrie de Summer H. Howell (La maldición de Chucky) –toda una revelación, elegida entre unas 1.400 aspirantes– es justo lo contrario: curiosa, entusiasta, de una amabilidad desarmante y con unas ganas locas de comerse un mundo que acaba de descubrir. Es imposible no adoptarla emocionalmente (ahí está esa escena con Tim Bagley como el orientador escolar, en la que él y Carrie charlan sobre sus libros favoritos, que te cincela una sonrisa de oreja a oreja) y, a la par, no fantasear con que cada uno de sus acosadores pruebe una cucharada de su propia medicina, especialmente esa odiosa bully a la que interpreta Alison Thornton (Espíritus en la escuela), que aquí gana mucho más tiempo en pantalla y profundidad.
Pero hablar de Carrie obliga también a hacerlo de su madre, Margaret White, y aquí Samantha Sloyan, actriz fetiche de la factoría Flanagan –que ya bordó a otra fanática de armas tomar en Misa de medianoche (2021)–, se come la pantalla con subtramas propias: de su nuevo empleo como cajera en un hipermercado –donde se niega en redondo a cobrar un juguete sexual (la cara del cliente, un poema)– a su inesperada conversión en voz del pueblo en busca de justicia, con streaming y redes sociales de por medio. ¿Quién le iba a decir a la beata más temida del terror que acabaría haciendo directos?

Es a partir del segundo episodio cuando la serie deja ver sus ambiciones a largo plazo y, de paso, también sus costuras. Cada capítulo arranca con una viñeta dedicada a otra mujer tocada por un don fuera de lo común a lo largo de los siglos, ya sea la celebérrima Juana de Arco, la médium italiana Eusapia Palladino o Angela Cavallo, aquella madre que fue capaz de levantar un coche de casi 1.700 kilos para salvar a su hijo. La intención –reflexionar sobre cómo ha tratado la historia a las mujeres que se salían del molde– es de lo más loable. Y sí, los lectores más aplicados recordarán que el propio escritor ya deslizaba en las últimas páginas de su novela que nuestra querida Carrie no era un caso aislado en el mundo. Pero lo que sale de todo esto es una repentina x-menificación de la historia. Que esta sea la primera de las tres temporadas previstas lo explica todo.
Otro cantar es el tono, que surfea la ola young adult en la que Prime Video lleva tiempo instalada (véanse El verano en que me enamoré, Maxton Hall o Éramos mentirosos), con las perrerías de la abeja reina Chris Hargensen y su séquito, que parecen salidas de Chicas malas.
Avisados quedáis: disfrutar de la propuesta de Flanagan exige comprar todos estos cambios con un buen salto de fe. No se trata de sentarse a tachar de una lista, cual bingo de nostalgia, las escenas míticas que todos nos sabemos de memoria, sino de observar en qué han mutado tras pasar por el filtro de nuestro presente. Y para los que no estén por la labor, la de De Palma sigue ahí.

Lo que queda al final es una mirada femenina sobre el rechazo a lo diferente, subrayada por una banda sonora en la que llevan la voz cantante ellas –Lana Del Rey, Wolf Alice, Aurora y compañía–, que enfrenta la empatía a la crueldad en tiempos en los que el bullying y el ciberbullying dan más miedo que presenciar la escena de la noche del baile. La Carrie de Summer H. Howell no será la reina de los gritos, pero sí la de la generación Z.



Marta Medina
Directora de mundoCine. Graduada en Estudios Ingleses por la Universidad de Sevilla (US) y con un nivel C2 de inglés. Tomatometer-Approved Critic y miembro del Círculo de Profesionales de las Series Españolas. Amante del cine y seguidora de la temporada de premios y festivales de cine. Ha cubierto festivales de cine como el de Sundance, San Sebastián y Sevilla, y eventos como la San Diego Comic-Con Málaga, además de entrevistar a personalidades como el oscarizado Gints Zilbalodis. En 2024, recibió el premio ASECAN a la Mejor Labor Informativa sobre Cine.
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