Crítica de ‘Yo siempre a veces’: Ay Mamá.

Tras Cardo, la directora y guionista Claudia Costafreda vuelve a colaborar con los Javis en la producción de la serie Yo siempre a veces. Esta vez lo hace en conjunto con la cineasta y programadora Marta Bassols, la directora de arte Marta Loza (Dolor y gloria) y la también directora Ginesta Guindal (Su majestad), para explorar qué significa ser madre y cómo esta decisión tan vital acaba por trastocar cada aspecto del día a día.

La debutante Ana Boga, quien destaca por su interpretación, encarna a Laura, una treintañera que, tras compartir una noche de fiesta con Rubén –un chico al que conoce desde hace tan solo unos meses–, se queda embarazada. Con la llegada de su bebé, trata de formar un proyecto de vida con él, decidiendo dejar su empleo en el extranjero para asentarse juntos en Barcelona. Sin embargo, debido a la poca ayuda que recibe de este y a su carácter irresponsable y manipulador, Laura termina separándose, volviendo a casa de sus padres y trabajando de forma precaria.
En esta sorpresiva maternidad la acompañarán sus amigas, quienes insistirán mucho en los cuidados y en la crianza colectiva y poco convencional de una manera muy idealizada; sin embargo, su respaldo y generosidad no se corresponderán con la realidad.

En lo que se refiere al tono, la serie es profundamente generacional y coetánea a su tiempo. No obstante, el guion decae, ya que muchas de sus conversaciones fallan al carecer de naturalidad. Además, la presencia de las drogas resulta tan inherente y normalizada en su espacio social como chirriante e incómoda. La mirada que ofrece parece estetizar estas experiencias o hacerlas «guays», aun dejando entrever actitudes infantiles o egoístas; algo que ya sucedía en la anterior serie Cardo o en Autodefensa.
Asimismo, la puesta en escena juega un papel fundamental: resulta naturalista gracias al manejo de primeros planos, largos y pausados, junto a una fotografía algo tenue. Todo ello enmarca el paso del tiempo, sin apenas interrupciones, subrayando así el ritmo cotidiano y su ambiente de constante cansancio.
La dirección de arte, por otro lado, acompaña a los personajes en sus propios fallos. Se construye un ambiente caótico que se integra perfectamente con lo que se quiere contar a través de las diversas casas desordenadas por las que se mueve Laura; un puro retrato de la ausencia de un techo sólido, lo que conlleva que su estabilidad se tambalee irremediablemente.

Es necesario recalcar que, en los seis capítulos de la serie, nunca profundizamos en su protagonista, ya sea por una simple falta de desarrollo o por una decisión consciente. Laura se mantiene lineal y no sufre grandes cambios ni revelaciones; se nos presenta a una mujer absorbida y desbordada por la cotidianidad y su maternidad. No conocemos el motivo de sus acciones, sus sentimientos o lo que la mueve; simplemente se deja llevar y las cosas suceden a su alrededor.
La protagonista tratará de buscar respuestas en el tarot y en otras pseudociencias a lo largo de varias escenas, pero muy en particular durante un único capítulo en el que el enfoque naturalista cambia por completo. En este episodio se entrelazan los sueños y los recuerdos, y cambia tanto el código que choca totalmente con la intención principal de la serie.

A pesar de todo esto, la ficción se posiciona de forma abierta y políticamente feminista, en sintonía con la actualidad. Muestra con acierto temas como la precariedad laboral, la crisis de la vivienda, el espectáculo del turismo y –por supuesto y como punto más destacable– la soledad de una maternidad desigual, donde el peso recae, como siempre, exclusivamente en las mujeres.

Para terminar, Yo siempre a veces se pronuncia como un espejo generacional en el que el camino a la adultez se construye paso a paso, y donde se aprende a lidiar con aquello que no se sabe o no se puede resolver.
«YO SIEMPRE A VECES», YA EN MOVISTAR PLUS+.

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