Crítica de la temporada 2 de ‘Bronca’ (‘Beef’): Una reinvención whitelotusiana que pisa el freno.

Todos los años, sin falta, la parrilla televisiva nos deleita con una miniserie estrella, frecuentemente de la cosecha de Netflix. Hace nada, nos deshacíamos en elogios hablando del fenómeno en plano secuencia de Adolescencia; un año antes, mirábamos con auténtico pavor cada «enviado desde mi iPhone» mal escrito en Mi reno de peluche; y dos años atrás, la mayor sensación fue Bronca, salida de la mente de Lee Sung Jin.
Que esta criatura con el sello de calidad indie de A24 decida ahora abrazar el (muy lucrativo) formato de serie antológica no pilla a ningún seriéfilo con la guardia baja. Su hoja de ruta no podía ser más clara: seguir a pies juntillas la estela de las letales, lujosas y multipremiadas vacaciones creadas por Mike White en The White Lotus, manteniendo el concepto central –una buena trifulca que se va de las manos– y renovando el campo de batalla y el plantel de incautos dispuestos a arruinarse la vida.
La esencia de aquella insana y adictiva primera temporada residía precisamente en cómo algo tan maravillosamente insignificante como un bocinazo prolongado y un feo corte de manga desde la ventanilla desataba un pressing catch a muerte entre dos desconocidos que proyectaban en el otro todas sus frustraciones (admitámoslo: a más de uno la ficción nos llevó a reprimir las ganas de pitarle al coche de delante por lo que pudiera pasar).

En esta segunda temporada, sin embargo, el detonante se siente más manoseado: una joven pareja de buscavidas que acaba de prometerse presencia accidentalmente una feroz y comprometedora discusión entre su jefe y su esposa, que deciden inmortalizar con la cámara del móvil para utilizarlo como moneda de cambio y escalar posiciones en la plantilla.
A partir de entonces, la serie cocina a fuego lento un toma y daca pasivo-agresivo de favores, extorsiones y coacciones en el elitista microcosmos de un club de campo ultraexclusivo del sur de California –algunos de cuyos clientes, en forma de cameo, son Michael Phelps, Benny Blanco, Suni Lee y Finneas–, regido por una multimillonaria surcoreana.

La nueva remesa de episodios –ocho en total– duplica la cuota de duelistas, echando al ruedo a dos generaciones distintas a las que nos habría fascinado ver saltarse a la yugular y sacarse los ojos con la misma intensidad que Steven Yeun y Ali Wong en la entrega original. Si el conflicto no llega a niveles de destrucción mutua asegurada es única y exclusivamente por el freno de mano que el guion ha decidido echar en ciertos tramos, y en ningún caso por falta de talento de su entregado cuarteto protagonista.
En una esquina del cuadrilátero, encontramos a la pareja milenial en plena crisis matrimonial, formada por Oscar Isaac y Carey Mulligan, quienes viven su tercera colaboración en pantalla después de Drive e Inside Llewyn Davis. A ellos es de justicia sumar a su perro Burberry, un teckel perpetuamente enfundado en un chalequito de diseño. En la esquina opuesta de este ring de césped recién cortado, aguarda el binomio de la Generación Z, encarnado por los ascendentes Charles Melton (May December) y Cailee Spaeny (Civil War), a punto de descubrir el arte de las discusiones en pareja.

A través de estos cuatro personajes se vehiculan los temas principales de una temporada cuyo conflicto –que no bronca, para nuestra inmensa desdicha– no alcanza los picos de demencia de su predecesora, aunque, desde luego, nos hace desconfiar de cualquier bebida no vigilada por miedo a lo que un enemigo creativo haya podido añadir al cóctel.

Entre los ya inconfundibles needle drops que cierran cada capítulo, se contrapone el amor en fases tempranas (edulcorado e idealizado) con el amor más experimentado (complejo y lleno de aristas), aderezado, y no precisamente de forma sutil, con una lucha de clases y una crítica al sistema sanitario estadounidense que llega a acaparar un episodio entero.
Mucho más metafórico resulta el leitmotiv de los insectos como alegoría del verdadero villano de la nueva entrega: el capitalismo. Asumiendo el relevo de los cuervos que auguraban desgracias en la primera temporada, los bichos –hormigas, primordialmente– invaden el encuadre para simbolizar la maquinaria de producción y consumo que termina por devorar al individuo.
Esto se complementa con episodios que utilizan citas famosas como título y obras clásicas como hilo conductor. Por ejemplo, el primero de ellos, «Todas las cosas que nunca tendremos», evoca una frase de la psicoterapeuta Esther Perel que nos recuerda que el motor del capitalismo no es la satisfacción, sino la carencia. Conceptualmente, este inicio se vincula con la famosa pintura El cambista y su mujer, de Quentin Matsys (1514), funcionando como una ilustración sobre la avaricia.

Nuestro consejo final para quienes se acerquen a la segunda temporada de Bronca buscando el impacto de la primera entrega es que rebajen sus expectativas. Solo así podrán disfrutar de una trama diferente, más whitelotusiana y menos memorable.
LA TEMPORADA 2 DE «BRONCA» YA ESTÁ DISPONIBLE EN NETFLIX.



Marta Medina
Directora de mundoCine. Graduada en Estudios Ingleses por la Universidad de Sevilla (US) y con un nivel C2 de inglés. Tomatometer-Approved Critic y miembro del Círculo de Profesionales de las Series Españolas. Amante del cine y seguidora de la temporada de premios y festivales de cine. Ha cubierto festivales de cine como el de Sundance, San Sebastián y Sevilla, y eventos como la San Diego Comic-Con Málaga, además de entrevistar a personalidades como el oscarizado Gints Zilbalodis. En 2024, recibió el premio ASECAN a la Mejor Labor Informativa sobre Cine.
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